La justicia de los enterrados

1

—¡Maldito desgraciado!

—¡Cállate!

—¿Cómo te presentas así, a estas horas de la noche, borracho y con esa cara? No te importa siquiera que pueda verte la niña, desgraciado,…

—¡Cállate ya, maldita gorda!

—No voy a callar. Ve al baño, lávate la sangre y sal de esta casa…

—¡De mi casa! No te olvides, de mi casa, maldita gorda,… 

—-Solo entiendes el lenguaje de Soto y los demás. Esto es lo último que te paso. Ya no siento nada por ti. Ni pena ¿me oyes? Solo dolor. Un dolor ciego que no soporto más. No te estoy pidiendo que estés a la altura de lo mío, no te necesito; hace tiempo que dejé de necesitarte…pero nuestra hija, necesita un padre ¿me estas oyendo? necesita un padre…

—¡Te oigo, joder, te oigo! No me vengas con la misma cantinela, yo saldré adelante solo con la niña cuando te hayas ido por fin al carajo…

—¡Dios mío, ayúdame, ayúdame…!

Y la joven cayó de rodillas, impotente, apretando los dientes, conteniendo su llanto (no iba a hacerlo delante de él), mesándose el cabello como para espantar la pesadilla, como para borrar de su vista al monstruo tambaleante y repulsivo que destruía su corazón.

2

El cielo estaba encapotado, tenso de lluvia inminente, y el aire tórrido se espesaba cuando llegaron los dos visitantes. Traspasaron la cancela de entrada y se detuvieron bajo el cobertizo observando el desvencijado mobiliario de afuera. Parecían inspeccionar indecisos. Al cabo de un rato tocaron a la puerta y una voz masculina preguntó con aspereza desde el fondo de la casa.

—Amigos de Frank —respondió sin apuro uno de ellos, achaparrado y fornido. El otro, más alto y joven, se removía inquieto. En sus brazos nervudos se abigarraban los tatuajes. La estética del visitante maduro era más discreta.

—¿Amigos de Frank? —preguntó extrañado el inquilino encarándolos a través de la mampara de la contrapuerta.

—Sí, de Frank Guevara —insistió el que parecía tranquilo.

Un fogonazo de turbio espanto quebró de repente el semblante del inquilino.

—¡Ah sí! ¡Frank! ¿Cómo está él? Díganle que pronto lo llamo para disculparme por lo que teníamos apalabrado.

Los visitantes se miraron desconcertados; luego, esbozaron unas sonrisas siniestras.

—¿De qué coño hablas, cabrón? —soltó el más joven.

—Tranquilo, flaco —intercedió el otro con tono paternal para luego tomar la palabra—. Mira Lucho, nosotros solo venimos para decirte que tienes que abandonar la casa. Coge tus cosas y vete. Tienes cuarenta minutos. Son suficientes. Julia recibirá una llamada de comprobación ¿okey?. No lo hagas más difícil.

Lo miraron. En el silencio se oía el murmullo de las hierbas estremecidas por el viento espeso; una nervadura eléctrica destelló sobre los cúmulos cenizos y algunos goterones perdidos ya crepitaban sobre la plancha metálica del cobertizo.

Se dieron vuelta y se marcharon.

Entonces el cielo se sació a picotazos sobre la abandonada hierba del jardín.

3

—Hijo, acércate.

—Sí, madre.

—Mírame… ¡Mírame a los ojos! Debes parar. No puedes seguir así. La vida no es una fiesta perpetua.  Por favor, hijo mío, debes parar.

—Sí, madre.

—¿Qué va a ser de ti si sigues de esta manera? No quiero irme tan llena de incertidumbre… ¡No quiero irme así!

—Lo sé.

—Entonces… ¿Por qué no paras, hijo? Piensa en Paula, por favor, hazlo por ella… ¿Qué culpa tiene?

—-Ninguna, madre, ninguna.

—-Entonces… ¿Por qué no paras? Necesita un padre, si no…¿Qué será de ella? ¿De qué le servirán nuestras propiedades, nuestros negocios, si no sientas cabeza, si no te esfuerzas por cambiar, por darle educación, por darle una madre que la quiera como la quiso Miriam? Por favor, hijo, hazlo por ella, hazlo por nuestra pequeña,  por favor,…

—-Sí, madre, lo haré

—-Prométeme que no habrá problemas; que no te dejarás arrastrar por esos amigos de siempre; son niños caprichosos que no quieren crecer,…

—-Sí, lo sé. No me arrastrarán… 

—Sé limpio en los negocios, no ensucies tus manos, lleva las cosas con honradez, por favor, que todo lo ve Dios y yo quiero encontrarme contigo algún día, por favor, hijo, prométemelo, no puedo irme de esta manera, con esta horrible incertidumbre,…

—Te lo prometo, te lo prometo,…

Y el hombre rompió a llorar como un niño y, entre sollozos, eclosionaron las palabras ansiando el alivio:

—¡Perdóname, madre! ¡Perdóname!

4

Eran cerca de las seis de la tarde y desde que se despidieran a primera hora para abismarse en el ajetreo de sus obligaciones del día, ella no había conseguido contactar con él. Un poco antes de salir del estudio que compartían, quiso apremiarlo al verlo remoloneando todavía en torno a la estrecha barra americana sobre la que desayunaba. Pero se contuvo. Parecía despreocupado pese a que tenía que acudir a mediodía a una reunión en la que iba a cerrar un acuerdo favorable para la adquisición de un local más espacioso y no tan céntrico como el que ya regentaba. «Si la cosa sale bien», cavilaba ella, «pronto podré trabajar a su lado; gestionar yo el Red Star y él, el nuevo garito». La llamaría en cuanto confirmara el acuerdo. Quería hacerla partícipe del nuevo proyecto que iba a afrontar. Eso le decía. Pero eran casi las seis y la llamada no llegaba.

Acabada su jornada a tiempo partido en una tienda de ropa en el centro de la ciudad, solía ir directamente al apartamento, descansaba un poco y se apresuraba a tonificarse en un gimnasio cercano, antes de que le cogiera la noche. Pero en aquel día no iba a seguir su autoimpuesta rutina: descendió al metro en la concurrida plaza principal y tomó la línea que la acercaba al Red Star, donde creía, lo encontraría junto con su empleado, ultimando los preparativos de la apertura nocturna. En el vagón moliente le traqueteaba además por dentro su enojo ¿Cómo podía el muy estúpido, olvidarse y no tenerla en cuenta? Llevaba meses cerciorándose de cierta indolencia en él, infantil y perjudicial para los proyectos comunes. Parecía involucionado, descentrado, torpe, y lo había consentido, arropándolo con una condescendencia maternal, atribuyéndolo todo al desgaste propio de la monótona convivencia. O eso o se engañaba y tragó para asegurarse el futuro material cómodo, tácitamente planificado. Pero aquello era la gota que rebosaba el vaso. Le dolía su orgullo. Ella no era una mujer cualquiera; se sentía determinante en el destino de cualquier relación de compromiso en la que se embarcara y su lealtad valía oro.

Cuando llegó al Red Star, la rechazaron los losanges de la puerta de ballesta. Un procaz rótulo anaranjado la insultaba además: «Se alquila», y debajo un número de teléfono que desconocía. Tuvo un primer pálpito, el filo de una certeza. Con dedos vacilantes ensayó el número hasta que pudo digitarlo sin equívoco. Una pastosa voz anciana, de hombre o mujer, preguntó al aparato.

—Soy Anabel.

—¿Quién?

—Anabel, la novia de Lucho.

—No te recuerdo…

—¿Sabe dónde está?

—¿Quién?

—Lucho, el arrendatario del local de usted —se exhasperaba.

De repente, otra voz, más joven y enérgica, seguramente agazapada, tomó la palabra al otro lado. Casi gritaba de pleno odio contenido:

—¡No! ¡Lucho no es ya el arrendatario! Rompió el contrato hace dos semanas. Le dijo a mis padres que se pasaría para realizar el pago de la penalización pactada. Pero no ha aparecido y no tiene pinta de que lo haga. No coge el teléfono. Si das con él dile que venga ya, que lo estamos esperando. Si no lo hace, que se atenga a las consecuencias.

Y colgó.

Estaba aturdida, rebasada por los hechos que se precipitaban despiadados, que dibujaban la pesadilla que inexorablemente le concernía.

Al volver sobre sus pasos, lo que vio en el apartamento quebró sus últimas esperanzas: el huido se había llevado sus propias pertenencias y había arrasado además con las de ella. Apenas una camiseta y algo de ropa interior llenaban la cómoda; el efectivo común había volado del cajón de la mesilla de noche y en la nevera los comestibles no darían para más de una semana. En la aplicación bancaria de su móvil descubrió el cero que cifraba el saldo disponible de la cuenta compartida.

La certeza del oprobio, acerado puñal, la atravesó: Lucho había fraguado soterrada y minuciosamente la otra ruptura, el abandono, el ladrocinio. 

Desmadejada, se derrumbó sobre la cama y ovillándose bajo las sábanas se deshizo impotente en inútil llanto.

5

—Anabel, ¿dónde está Lucho? No responde ni a mensajes ni a llamadas ¿Pasa algo?

Era Frank Guevara, un amigo de Lucho, disoluto, caprichoso, soez. No lo podía tragar. Se había quedado en España cuando la crisis, porque obviamente el patrimonio familiar era algo más que un fino colchón para él. Muchas eran las historias que se contaban sobre sus monstruosas juergas y de cómo había desbarrancado a más de la mitad de sus amigos por sendas sin retorno. Rondarlo era perderse. Por quién más lo sentía Anabel era por la hija en común con Miriam, su amiga de instituto, separada de él y luego tempranamente fallecida por un cáncer atroz. La niña no tenía padre. Su abuela y las cuidadoras habían asumido lo que aquel no daba. No obstante, Frank, a fuerza de golpes de fortuna, pensaba ella, había mantenido y desarrollado los negocios familiares. Como Lucho, siempre la maldad se abría camino, pensó entonces.

Anabel le contó. Extrañamente, la voz de Frank se demudaba por momentos al otro lado de la linea. No parecía el mismo; el mismo que hubiera dicho: «No te preocupes mujer, a rey muerto, rey puesto» y naderías de esa índole. Esta vez acusaba una gravedad inédita en sus respuestas y eso la confortó. Por primera vez, pudo hablarle al monstruo sin medir palabras, sin sentirse amedrentada por la impronta desquiciada y brutal con la que le había marcado. Pese a todo seguiría sin entender como la buena de Miriam había amado a aquel descabezado ¡Cuántas veces deseó que fuera él, el devastado por la metástasis que se comió a la amiga!

La huida de Lucho tenía implicaciones económicas para Frank. Ambos habían convenido de palabra la financiación y gestión de un evento de enorme envergadura a fin de año a las afueras de la ciudad en que vivía Anabel. El dinero ya se lo había ingresado Frank al socio amigo hacía un par de semanas. Este le había contado la historia del nuevo local que iba a conseguir y Frank esperaba de la oportunidad pingües beneficios.

—No te disculpes, mujer, no tienes nada que ver con esto, no podías haber evitado nada. Una cosa así ¿quién espera que suceda? —la tranquilizó y luego perdiendo las formas rugió en tono jocoso—. ¡Me la pela! ¡Agua pasada! ¿Dónde está mi camisa planchada que me voy de fiesta ahora mismo? —y la hizo reír bromeando con su avenida mala fama.

Luego recompuso el tono inicial y tras una breve pausa en que debió de calibrar la nueva situación, en que debió de reconocer la urgencia de la amiga, preguntó:

—¿Necesitas dinero?

—No, gracias —mintió ella.

—¿No quieres volver?

A través de la pregunta Anabel se sintió descubierta en su desespero, en su vulnerabilidad y no quería que esto la llevara al terreno que de él siempre detestó: al de su omnipotencia material.

—Tal vez —respondió secamente para disimular.

—Pues, mándame tu currículum. Llamaré a mis contactos. Encontraré algo para ti. A tu medida, que no te disguste ¿Dónde vas a estar mejor si no es aquí,  con los tuyos, mujer?

Y era verdad. Anabel no tenía otra opción. No le había desvelado que la tienda de ropa acababa de cerrar. Y reconoció para sí que no lo había hecho porque no iba a arrastrar su orgullo hasta los pies del crápula que había hecho sufrir a su eterna Miriam; hasta los pies del joven frívolo que el destino había injustamente empoderado.

6

Frank dejó caer en el recibidor las bolsas con la ropa que le había comprado. El gasto era equivalente a un sueldo entero del trabajo que tomaría por recomendación de él, como encargada en otra firma de ropa, ahora española. 

Ella se había hospedado a su llegada, en uno de los cuchitriles del apartamento compartido con dos antiguas amigas, madres solteras que trabajaban a destajo en lo que iba saliendo. Al menos, la alegría natural de aquellas dos le haría  desquitarse poco a poco del oscuro y lacerante pasado.

Al ver al monstruo, con las bolsas, no entendió. ¿Por qué se desvivía ahora él por salvarla de la extrema urgencia? Urgencia cierta, pues los pocos atuendos que traía en el viaje de retorno no eran mucho más que los encontrados, aquel día aciago, dentro de la cómoda.

Se miraron. Ella iba llorar. No sabía si por agradecimiento o porque tal vez barruntaba, con bella alegría en el gesto de aquel hombre que se renovaba, el triunfo de la amiga que desde el trasmundo imponía su voluntad a través de él, dándole la oportunidad y el alivio de redimirse y restituir el daño hecho.

Entonces él lentamente habló. No parecía el de antaño.

—Perdona si no te vi como amiga en vida de Miriam. Tampoco estaba preparado.

Ambos lloraron en silencio y fue como si tres olvidaran las diferencias corpóreas del imposible encuentro y se abrazaran.

7

Meses después, en las oficinas, un subalterno, amigo de Frank, recibió la llamada. Desde su despacho Frank oía la estentórea voz de aquel, tratando de calmar a alguien que deducía era una joven. Con los retales de la conversación fue remendando el resto: Está desesperada. Lo llama desde el extranjero. Un exnovio le hace la vida imposible. Le exige parte del salario. La chantajea con publicar algo. Unas fotos. Unos vídeos. Le va a hacer la vida imposible. No se irá de la casa que comparten. La casa está a las afueras de la ciudad. Algo rústica. No hubo mucho dinero cuando había amor, pero tampoco ahora y lo poco que ella tiene lo quiere. Y lo quiere ya. Es amiga de su amigo. Se llama Julia.

Entonces Frank le chistó, pidiéndole que se acercara:

—Pregúntale cómo se llama esa escoria —musitó

—Dice que Alex, pero por alguien sabe que su nombre real es Lucho —le contestó el otro cegando el receptor de voz.

—Dile que te mande una foto — y a los segundos, le acercó la pantalla para que viera la imagen. Efectivamente, era el viejo amigo, ahora demacrado por la atribulada vida del que opta por la traición y la huída.  

«El mundo es un pañuelo» sentenció Frank para sí y hurtando el móvil de las manos del subalterno dijo sin prisa:

—No temas. No salgas de casa, ni hagas nada cuando se presenten en unos minutos dos hombres.

—¿Cómo? —se oía la voz trémula de la chica al otro lado—. ¿Quién eres?

—Nadie. Solo un amigo de Lucho.

—¿Un amigo de Lucho? 

—Sí. Más o menos.

—¿Quién de ellos? ¿Mendoza? ¿Martín? ¿Eres tú, Martín…? Ayúdame, Martin, por favor,…

Y Frank cortó para apremiar al otro:

—Dale la dirección de tu amiga a Soto. Que vaya con el Flaco, Salazar. Y que no le quite ojo, no vaya a descontrolarse y acaben fulminando a esa rata. Que lo aprieten un poco nada más. Un susto de momento.

—¿Un susto? Yo le haría pagar más caro su falta de palabra a ese cabrón. Fue mucho el dinero que perdiste cuando te dejó en la estacada.

—Cierto —respondió Frank—. Pero nadie nació enteramente santo. Además con su cadáver sería yo el que faltara a mi palabra con otras personas.

—Joder, Frank. Pero… ¿quiénes coño son esas personas que tanto te importan?

—Dos con las que debo encontrarme fuera de este mundo.

El otro se quedó perplejo sin saber encajar la respuesta y cuando iba a preguntar, una llamada de empresa lo obligó a salir.

Frank se acercó a la ventana de su despacho y miró. Afuera un cielo despejado y radiante («así sería el que ensayara el Creador en el principio de los tiempos» pensó) desnudaba al completo la hermosa arquitectura de una plaza llena de blancas palomas y de una iglesia que se alzaba en medio de la ciudad. 

Frank respiraba por fin en paz. 

¿Cómo sería, en cambio, el cielo ahora mismo allá, sobre la casa que irremediablemente su antiguo amigo, el traidor, debía abandonar?

25 de octubre de 2022

David Galán Parro

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