Eva

1

Todas las mañanas de verano le despertaba igual… Las leves pisadas  zangoloteaban primero sobre la llanura desnuda de su barriga y su pecho; después le hormigueaban el cuello, ascendían del gollete al mentón lampiño y, allí encaramadas, se quedaban quietas, expectantes. Él jugaba al durmiente con los ojitos apretados. Entonces reanudaban la marcha, sorteando sus labios, brincando sobre ellos unas veces, otras, orillándolos; luego volvían a detenerse nuevamente en alguna mejilla. El enanito gruñón que insinuaban oteaba con severidad y adivinaba su ofensiva alegría bajo los párpados trémulos de emoción contenida; y se acercaba… y se acercaba… y de repente saltaba y se ahorcajaba en la nariz, galopándola, tironeando de ella.

—¡Despierta bicho lindo! ¡Despierta! Vamos a desayunar —le urgía una voz radiante, en un imperfecto tono maternal, mientras se aflojaban los dedos en pinza que aprisionaban su respiración.

¡Qué lejos quedaba ahora esa voz!

Era Eva: la primera llamada del día; la dulce mermelada rutilando sobre las pardas tostadas; el agua salobre en su boca cuando retozaban juntos en la espuma efímera de las olas rotas; un helado compartido derritiéndose en sus labios y chorreándole por el pecho; unas aceitosas manos, recorriendo diligentes su piel para protegerle de las inclemencias solares; una voz histriónica, dando fantástica palabra a las nubes errantes que avivaban la pareidolia; unos deshilachados naipes, burlando su atenta mirada en los juegos de magia bajo una sombrilla; en el asiento trasero de una bici, una melena rebelde que le cosquilleaba la cara, una espalda desnuda, una breve cintura a la que se asía seguro; en las comidas familiares, su trozo de pan robado y convertido luego en impertinentes bolitas voladoras estrelladas contra sus morros fruncidos; y ya, cuando la tarde declinaba y propiciaba con su lánguida penumbra el ensayo de una inocente intimidad, Eva era algo más profundo y elemental, algo para él perdido (o que nunca tuvo) y también por llegar, no perseguido todavía, que se iba anunciando poco a poco, en la respiración apacible y el pálpito de la sangre viajera que le adormecían sobre unos pechos púberes; en el caracoleo amoroso de unos finos dedos que jugueteaban tiernos con sus cabellos; en las lentas palabras que embotaban sus sentidos, atenuando sus lacerantes impulsos, sus flagelantes recuerdos, su aterradora imaginación.

2

—¡Ella murió cuando tú naciste! —le gritó su hermanastro en una de sus muchas discusiones irresolubles.

Pero él escuchó otra cosa: una acusación soterrada; el «cuando» mudando en un «porque». Así lo supo Lucas a sus ocho primaveras. Con el tiempo esa revelación le quemaría el alma, le llenaría de culpa. El hecho natural de su propio nacimiento, de su primera supervivencia quedó en él monstruosamente deformado. Concebir apenas los pormenores del momento en el que se entrecruzaron la vida propia y la muerte de la progenitora era cuando menos un acto de puro horror. Ya nunca podría exorcizar los demonios que más tarde le llevarían incluso a torturarse imaginando la vida imposible bajo el calor de la madre. Tan solo un rastrojo le traía al presente algo de su existencia pasada: una cara, siempre joven, que el papel sepia de una fotografía se empecinaba en ajar. Y nadie sospecharía que a ese rostro le iba a superponer otros idealmente robados de mujeres con las que fabularía idílicas relaciones en las que soledad y deseo se confundían. Máscaras únicas, según el momento, sucediéndose para aliviar una orfandad prematura. 

De ellas, la de su prima Eva, estrenaría el testigo.

Tampoco pudo el padre hacerse cargo del huérfano. Era un cazador de vampiros, condenado y en cautiverio, que vivía en una tensa alerta bajo el acecho de los carceleros que a la luz del día cumplían con celo su vil trabajo, simulando cordialidad; pero que durante la noche regresaban a su celda convertidos en espantosos chupasangres para torturarle. Querían sonsacarle  el plan de fuga con el cual pretendía reencontrarse con su amada, una camarada de la resistencia que aún luchaba para exterminar la plaga maligna. Esa era la historia que el padre, estragado por la esquizofrenia y los escarceos con la droga le confiaba con ojos alucinados a una hermana de la difunta cada vez que la vigilancia se distendía. Y la buena mujer asentía resignada. Pese a la mampara protectora era habitual el forcejeo final de los celadores para reducir al lunático, ahogado en sus propios alaridos. El infeliz no alcanzaría los treinta.

Fue la tía, una mujer nerviosa, huidiza y torpe quien, al borde del celibato, asumió el papel de madre. Su destino le dictaba una castidad autoimpuesta, reservada al amor noble (quería pensar), hasta que le tocó en «suerte» comprometerse con un militar retirado, padre de un niño. La pareja se fue a vivir a la capital y ella tuvo que arrastrar sin remedio con el sobrino de cuatro años. El hombre, de carácter férreo e intransigente, vio en la joven tía una oportunidad para sus apetencias; en Lucas, un pesado fardo, un ahijado desbocado e intratable, que además contrastaba con el carácter equilibrado del hijo biológico; equilibrio el de éste que, entre otras cosas, se cimentaba en la crueldad velada que sobre Lucas practicaba, y de la que nunca se habló en público. Paulatinamente, la cerrazón se impuso y la tía fue tolerando sumisa la educación que el padrastro le dispensaba al sobrino. Había que igualarlo al hijo ejemplar, encarrilarlo. Pero los intentos fueron infructuosos. Lucas se resistía. Era un niño extremadamente nervioso por lo que no tardaron en llegar en respuesta a los golpes que se avenían a la correcta vereda, los cabeceos y parpadeos compulsivos, los claros en su cabello, los dedos despellejados, las uñas arrasadas. La vida familiar era un infierno. Solo la estancia veraniega en el pueblo costero donde se había criado la difunta madre se convirtió en el descanso de sus nervios excitados, en el bálsamo de sus heridas ocultas.

Allí, Lucas se quedaba en la casa de la abuela, una mujer que resolvía los desgobiernos de la ristra de pequeños demonios, primos todos, con la determinación propia de las personas curtidas en la dureza del trabajo. Pese a que parecía hecha para el control absoluto de la situación más adversa, delegó en Eva, la mayor de las primas, ciertas responsabilidades, especialmente la de atender al huérfano, y la muchacha de pronto sintió por el infortunado un amor maternal incipiente, que contribuyó al buen hacer de su tutela.

En los primeros años, le despertaba con el juego del enanito gruñón, le preparaba el desayuno, lo llevaba a la playa; lo entretenía con historias mientras contemplaban el cielo, con trucos de  magia a las cartas, con partidas de ajedrez; le compraba golosinas y helados; le paseaba en bicicleta por las afueras del pueblo; le hacía rabiar hurtándole el pan y el refresco en las comidas; le asombraba narrándole cuentos, le dormía cuando llegaba la noche.

El cielo inmenso se quedaba huraño frente al abrazo amoroso que representaba la atención de Eva en cada día de verano. Y él se dejaba cuidar, sin saber que en su demanda, se dibujaba la ausencia de la madre. 

3

Una mañana, emergieron otras sensaciones hasta ahora larvadas. Lucas contaba entonces con nueve años.

Se había despertado sin el juego acostumbrado de la prima, por la urgencia de orinar (el abundante refresco de la víspera le rondaba) y se dirigió al cuarto de baño. Encontró la puerta de cristal mate entornada y la tenue luz que se filtraba lo azoró. Sigilosamente empujó para no molestar a los que aún dormían. La sangre le bombeaba en las sienes. Entonces vio sentada al bidé una figura que no reconoció a contraluz.

—¡Vaya, si es mi bichito lindo! —le llegó en un lento ronroneo—. Hoy te despertaste tú solo.

Se quedó parado en el umbral, aturdido. Acaso se mezclaban en él, la vergüenza del inoportuno y la llamada de una cándida curiosidad.

—Me hago pis, Eva —alcanzó a decir en un susurro y sintió que se le acaloraban las mejillas. 

Ella le alargó una mano solícita como una amante al borde de la cama.

—Ven. Ponte a mi lado —y le señaló el inodoro—. No vayas a hacértelo encima. Puedo tardar un poco aquí. Me voy a lavar.

El primo se acercó tímidamente y ella se reclinó desde su posición para besarle el pecho desnudo.

—Buenos días, lagartijo —y sus breves senos se prodigaron para él a través del ancho escote de la camisola. De la cintura al suelo, vio brillar sus torneadas piernas, ahorcajadas. Se colocó sobre la taza, y quiso orinar; pero fue en balde. La demora, fruto de los nervios, templaba el asiento pese a la urgencia inicial. En las manos de Eva, una esponja embebía el agua detenida en el cuenco del bidé; luego empapada desaparecía a trechos por la entrepierna, bajo el faldón recogido de la camisola. La prima hacía sin apuro, suavemente. El fino tejido de su prenda íntima desprendida yacía delante de él, sobre las baldosas, como evocando la levedad de un suspiro.

—No te preocupes, ya me voy —le dijo en un tono calmo, arrullador—. Alcánzame la pequeña toalla de allá y ya sigues tú solo, lagartijo.

Y así lo hizo él. Eso le tranquilizó. Estaba ayudando a Eva, nada más. Pero el fondo ya había sido removido y los lodos no se iban a disipar fácilmente.

4

Al año siguiente, algunos hábitos cambiaron.

Eva no parecía tan solícita. Cuidaba de hacer lo que se le encomendaba y Lucas barruntaba eso: una dedicación ajustada a lo estrictamente necesario. Con la ilusión del reencuentro, en los primeros días le despertó con el enanito, pero al poco se fueron acortando los preámbulos y el desayuno comenzaba con una fría inmediatez. Las cosas se resolvían con un apremio insultante. En la mesa de la mañana no veía los detalles del año precedente. Valía cualquier vaso en lugar de su taza favorita; la fruta aparecía ostentosamente entera; las tostadas perdieron lo blando y crujiente que la mantequilla conciliaba; el sabor de la mermelada se redujo al único de naranja, que odiaba; y el cacao en la leche se disolvía con enojosa dificultad haciendo grumos.

Tampoco en la playa la compañía de la prima se hizo plena como antes. Ahora su atención se repartía entre él y las amigas que empezaron a frecuentar por donde asoleaban. Los juegos en el rompiente y los castillos apelmazados, inevitablemente destruidos, dieron paso a las largas conversaciones insulsas que Eva mantenía con las otras chicas; y si acaso accedía a jugar con él, cumplía renuente regresando al poco a la estulticia del redil chismoso. Para sobrellevar el peso de la tutela probó también encomendar al primo a las azarosas relaciones con otros niños de la playa. Pero Lucas no aceptó juegos sucedáneos con desconocidos. Se había enquistado en los propuestos por la prima y se resistía a abandonar el refugio, ahora desatento, que seguía representando ella.

Entonces un hecho vino a estrenar otras sensaciones, más ancestrales, dentro de él…

En una tarde de playa, la indiferente tertulia de las amigas había transcurrido más intermitente y apagada que de costumbre, anticipando la marcha de estas. Eva se demoró un poco más y por condescender con el primo, propuso los viejos retos en la arena. Para Lucas esa repentina atención era la oportunidad de demostrar sus progresos. Paleó con denuedo en la construcción de la fortaleza que debía resistir los embates de las obstinadas olas; aguantó la respiración bajo el agua para bucear más lejos que ella, le devolvió hasta cinco veces la pelota en el juego de tenis y le sorprendió (ahora le tocaba a él) con un truco de magia. Todo valía para constatar que él seguía siendo la alternativa divertida e insustituible frente al corrillo de marujas de las amigas de ella. En esas ínfulas estaba cuando volvía con Eva a casa.

En esta, nadie trajinaba. Los primos y la abuela se habían marchado a la plaza donde acababan de asentarse unas atracciones de feria. Había fiesta y charanga en el pueblo. Ver la casa deshabitada siempre se hacía extraño. Un mensaje al móvil de Eva les apremiaba a encontrarse con los demás en el puesto de los coches de choque, la atracción favorita de Lucas, especialmente cuando la prima se convertía en su favorita rival. Tenían pues, que prepararse con premura. Sin embargo esa no era la sintonía oída en común: Lucas se ocupaba en restregarle a la prima los progresos y las victorias de la tarde, y Eva, en preparar la ropa de ambos, hacer la merienda y acudir al encuentro de la abuela, sin atender al monólogo del primo. Este entró a ducharse y al salir, aún con la cantinela ufana en la boca, tenía que ponerse la ropa que le indicaba la prima. Apresurada por iniciar su turno de baño, Eva dejó (otra vez) la puerta entreabierta. Al minuto el sonido del agua en cascada se oyó en el pasillo acercando la curiosidad de Lucas al umbral. El breve resquicio le permitía entrever la figura difuminada de ella tras el panel translúcido de la mampara. Las gotas expulsadas por el dispensador repiqueteaban a intervalos en el metacrilato y resbalando en él desdibujaban aun más el contorno desnudo de la prima. Estaba fascinado por la imagen y su deseo no le avisaba de lo reprobable de su acto espía. Entonces el panel se deslizó. La mano aprontada de Eva lo empujaba para descubrir su fulgurante piel emergiendo de la bruma vaporosa. En la playa, el bañador enterizo siempre había opacado sus encantos, o los sugería misteriosamente, pero ahora el cuerpo lucía sinuoso y turgente. En los senos, las aréolas se dibujaban en color café y la negritud de su pelo mojado resaltaba en los hombros y en el pecho, a la vez que le trepaba como musgo sutil por el precipicio de su vientre prieto. Al presentir al primo tras el cristal deslucido de la puerta Eva se cubrió rápidamente con una toalla larga que le quedaba a mano.

—Pero ¿Todavía no te has cambiado? ¿A qué esperas? —le urgió abriendo la hoja en un tono de fingida firmeza para disimular su bochorno.

Efectivamente, el primo atravesado por la magia del momento, seguía  desnudo con los calzoncillos puestos. Las sensaciones se le agolpaban extrañas y violentas resucitando en su primeras carnes un antiguo impulso cíclico que se avecinaba desde otras vidas más allá de su alumbramiento.

—-¿Estas tonto? ¿Qué miras? —-le increpó, pero él no se inmutó, absorto. Solo iba a obedecer a su fascinación descontrolada. Ella le apartó del umbral y salió envuelta pudorosamente en la toalla húmeda de camino a su dormitorio.

—Vístete ya y no te demores —le insistió de nuevo sin girarse mientras trasponía el recodo del pasillo.

Entonces un brusco repente galvanizó la voluntad del primo precipitándolo tras sus pasos. El deseo, enmascarado en su necesidad de juego, lo cegaba. Al verlo venir, Eva trató de cerrar la puerta a tiempo tras de sí, pero él, poseído ya por una intempestiva fuerza sobrehumana, evitó su propósito: un fortísimo empellón en la dura madera derribó a la prima sobre la cama. Estaba como aturdida por la irrealidad del momento. Retrocedió hacia el cabezal, desconcertada, sin darle la espalda, ovillándose y tapándose inútilmente con la toalla. ¿Qué significaba aquello? Entonces, erupcionando desde el fondo de su alma, sintió el pánico detonado por un presentimiento y atrayendo, a su vez, un recuerdo atroz: el fantasma de la indefensión que sintiera de niña en los oscuros rincones de la casa familiar cuando, abandonada por los descarríos de una madre alcohólica, se quedaba a solas con aquel hombre que ejerció de padrastro por unos años; una pesadilla que regresaba cuando todo parecía enterrado…

—¿Qué te pasa Lucas, qué te pasa,…? —balbuceó en un hilo de voz roto, reviviendo las sórdidas sensaciones.

Del otro lado, en el interior de Lucas, había eclosionado una posición de fuerza azuzada por sus victorias de aquella tarde en la playa; una posición jamás adquirida, inédita para él, reprimida por el dechado sumiso de la tía, y que esperaba resarcir todas las vejaciones y privaciones pasadas, vinieren de donde vinieren; una posición apenas ahora sofocada por la inocencia infantil que reclamaba, sin más, el juego y la alegría salvaje. Quién sabe si además ansiaba a gritos su liberación el espíritu del padre enloquecido, dentro del módulo que era ahora el cuerpo del hijo. Quien sabe si veía en Eva a su camarada, a su amada rebelde. 

Dos traumas, se encarnaban y se encaraban pues, para repetir ahora viejas escenas vividas, repudiadas por la razón y el decoro. Dos traumas formando la cruceta que regía despiadada los hilos de la ominosa escena.

Lucas miraba sin ver. Saltó a los pies de la cama para alcanzar el cuerpo desnudo de Eva convulsionado por la violencia de las patadas que se afanaban en repeler su abominable imagen. Ahogado en una risa nerviosa, iba ganando la piel desnuda de la prima que se debatía casi indefensa. La repulsión de antaño regresaba a ella, y aquella pátina obscena, rastro de unas ásperas manos de adulto, se adhería de nuevo a su piel aún virgen. Apenas podía gritar. Sus fuerzas flaqueaban. Entonces los cuerpos revueltos en un agitado forcejeo, confundidos en un abrazo crispado, cayeron al suelo haciendo sordo ruido entre la cama y el tabique. En ese momento, Eva, pariendo sus últimas fuerzas, arrancó de sí al primo, transfigurado en garrapata humana, y consiguió inmovilizarlo. En sus brazos, no dejaba de reír. Poco a poco, los músculos entumecidos se relajaron, los jadeos se aplazaron, la risa y los gritos languidecieron. Un sollozo final, apagado, como de perro abandonado, se desbordó de la boca de Lucas, anegando el cómplice silencio de la casa desolada. De afuera les llegaba amortiguado el bordoneo incesante de la multitud festiva, ajena al dolor de ambos.

Se vistieron y se encaminaron a la feria. Iban enmudecidos, exhaustos.  Cuando llegaron, solo se les reprochó la impuntualidad. En el fragor y el tumulto, nadie adivinaría la tristeza que les hermanaba entonces.

Al verano siguiente, Eva ya se había ennoviado. Un joven rapado de mirada inquieta que lucía tatuajes en su torso y brazos nervudos pasaba a buscarla en moto y la llevaba a todas partes. Con él se ausentaba de la casa familiar durante el día y no gastaba tiempo en el primo. 

La abuela se encargaba de todo ahora, rezongando.

Para Lucas significaba el dolor de la despedida; para Eva, una liberación: en ella, no quedaba ya traza alguna de la prima de antaño.

25 de septiembre de 2022

David Galán Parro

Deja un comentario