Las putas gallinas

Mi padre apuraba su segundo año de jubilado.

En toda su vida de trabajo el buen hombre apenas hizo otro camino que no fuera el que iba de la puerta de casa al bar que regentaba en la periferia del pueblo. Ca´Miguel se rotulaba en el procaz luminoso. El bar lo frecuentaban camioneros, mecánicos, albañiles, jornaleros varios: hombres, recuerdo, de vida fogueteada, manos callosas, caras curtidas, sudor, tatuajes y carcajada fácil, que se interpelaban a voces, mientras deglutían, con más prisa que gusto, los platos calientes y las fritangas de un menú repetido de semana en semana, pero que mi padre elaboraba con dedicación. Iban de camino a las naves que se aglutinaban dentro del perímetro industrial cercano al pueblo. Ahora pienso en ellos emergiendo de ese mundo de hierros, ladrillos y máquinas, y regresando a él sin demora en la urgencia de cumplir con un salario que ponía en la mesa de casa el plato de garbanzos para toda una familia.

Mi padre encontraba su dicha en aquella farándula obrera.

Con su jubilación todo cambió. Yo no quise seguir con el negocio. Andaba desnortado y me llamaba la noche. De él solo guardaría entrañables recuerdos: el bullicio en la barra y en las mesas; las golosinas que premiaban mi gracia infantil; los robustos brazos de extraños que me zarandeaban con alegría; las curiosas herramientas y las riñoneras ceñidas a los monos cenizos. Hubo, pues, que traspasarlo todo, aunque se mantuvo el arriendo del local para el nuevo propietario. 

Durante un tiempo, quiso mi padre tutelar voluntariamente los primeros pasos del negocio reiniciado. Pero pronto se cansó: los dueños, amigos de la familia, no eran muy receptivos a sus consejos. Querían imprimir otra dinámica empresarial, más moderna y adaptada al incipiente crecimiento urbanístico del pueblo que ya se escoraba hacia el comercio y el ocio. Llegaron las oficinas bancarias. Arrasaron las franquicias; luego, el gran centro comercial que aprovechaba los descampados en los aledaños devoró definitivamente los pequeños negocios. Ya nada sería igual. Al año del traspaso el bar cerró.

Por entonces, yo me deslomaba en los invernaderos tras el fracasado intento de llevar un taller en asociación con un primo que resultó rana. Me había dejado, además, con Fabiana por lo que tuve que regresar al nido familiar. Lo que vería no iba a ser plato de mi gusto. Mi padre había perdido claramente fuerza. Vegetaba entre el sofá, la televisión y los bares próximos a la casa. «Ya voy sobrando» decía. A la vez, postrada en cama, mi madre necesitó de improviso de una cuidadora a la que mi hermana y yo  acordamos en contratar. Mi regreso añadía mayores dificultades. Había pactado con Fabiana ocuparme del niño los fines de semana, pero no tardé en arrepentirme: no era grata la situación dentro del hogar. No fueron pocas las veces en que mi padre llegaba borracho y armaba espectáculo. Ya no se regocijaba con el único nieto; todo le era molesto. También mi madre añadía lo suyo. Desengañada, escopeteaba al viejo, despotricaba de la cuidadora y a mí me reprochaba la ruptura con Fabiana. «Siempre fuiste un niño» soltaba «otro gallo nos cantaría de haber seguido el negocio de tu padre. A él le hubiera hecho ilusión» eran sus palabras antes de cerrar las discusiones. Fabiana, por su parte, me reclamaba la manutención y le tocaba habitar la casa hipotecada a mi nombre ¿Qué podía hacer yo? Estaba desesperado, y me sentía responsable de todo.

Una mañana salí de la casa. Mi padre amasaba su resaca arrellanado en el sofá; el niño andaba ese fin de semana con Fabiana y su nuevo novio en unas atracciones que le habían prometido. Deambulé unas horas arrastrando mi desánimo hasta que opté por entrar en un bar cualquiera. Pedí una cerveza, luego las otras vinieron solas. Sobrepasado por el alcohol, me aferré a la máquina tragaperras y tironeando de su palanca, fui saqueándome los bolsillos, a la par que me llenaba de asco hacia mi mismo. No se cuánto tiempo pasé así. Tampoco recuerdo cuándo él entró. Se apostó a la barra y me miró llanamente. Me acerqué y comencé a contarle a trompicones. De mi boca salió un poco de todo y mucho de nada: Fabiana, el niño, mi madre, mi padre, la culpa de no haber cumplido y de no haber continuado su negocio cuando podía. Él me consolaba y no daba pábulo a mi lamento. Oí las más hermosas palabras de alivio que un hombre pueda dar, diciéndome lo mucho que yo valía, desde que me conociera de niño, allá en el bar de mi padre. Llorando amargamente le pregunté qué podía yo ahora hacer por el viejo. «Dale una obligación, una tarea en la que él se sienta comprometido; algo que pueda hacer con el gusto y el amor de sus comidas de antes. Asegúrate además que tenga fuerza para cumplir con ella» Esas, si no las soñé, fueron sus últimas palabras. 

Aquel ángel desapareció, pero yo quedé encandilado por su fogonazo.

A los pocos días, llamé a mi hermana y le pregunté por un terrenito que había comprado hacía unos años con su exmarido. Fue un capricho, me respondió, que ahora andaba descuidado y no tenía un uso cierto.

—-¿Hay posibilidades de restaurarlo?

—-Sí. Alberto no tendrá problema. Pese a todo, las cosas entre él y yo no han ido tan mal ¿Qué andas pensando?

Le expliqué. La idea podía fructificar.

Mi padre siempre había hablado de hacerse con una huerta y unos pocos animales. Le llamaba especialmente la atención la cría de gallinas. En mis desveladoras noches de juergas, había hecho chiste entre mis amigos con aquellas ilusiones estúpidas del viejo. Pero ahora se me saltaban las lágrimas de solo recordarlo.

Mi hermana me recomendó la granja de una vecina de la que adquiría huevos de muy buena calidad. Allá fui y compré dos pares de gallinas. Regresé a casa con ellas para dárselas a mi padre.

—-Pero ¿qué coño haces? —refunfuñó al verlas—¿has perdido la cabeza o qué?

Le insistí. Era su ilusión.

—¿Y qué hago ahora yo con esas putas gallinas? ¿dónde las meto?

Le expliqué el plan y rezongó algo más mientras se fue convenciendo. 

A la semana siguiente las gallinas cloqueaban dentro de las lindes del terrenito de mi hermana que ahora hacía de improvisado corral.

En un principio, vimos que era mucha parcela para tan poca pluma, así que nos agenciamos durante unos días un gallo prestado con el que multiplicar la prole. Mi padre se fue animando. Ya era raro el día en el que no me pidiera subir al terrenito en coche para ver cómo iban sus gallinas. Yo me comprometí a llevarlo si se encargaba personalmente del cuidado de ellas y así hice durante unos meses. Al final, la ilusión pudo más que la desidia: el viejo dejó de empinar el codo para coger el coche por sí mismo. Parecía rejuvenecido. Mientras, mi madre, sumida en una amargura enquistada, descreía («están locos», decía) de los beneficios que reportaba el cuidado de aquellas gallinas.

Un día mi padre se demoraba más de la cuenta: había subido por la mañana como de costumbre a la parcela pero no regresaba. Era de noche cuando una llamada en la que se ahogaba en llanto la voz de mi hermana nos dio la noticia: lo habían encontrado al declinar la tarde, sentado en la hamaca en que contemplaba sus gallinas, muerto. El infarto repentino lo había fulminado.

Después del entierro, me olvidé del corral. Cuando caí en la cuenta corrí hacia el encuentro de aquellas pobres. Se agolpaban desesperadas tras la cancela pidiendo su alimento. Los bebederos estaban vacíos y el pienso, arrasado.

Mientras saciaba la sed y el hambre de las gallinas lloré desconsoladamente: esta vez no iba a truncar la ilusión del viejo.

2 de septiembre de 2022

David Galán Parro 

3 comentarios en “Las putas gallinas

  1. Me gusta el texto.
    En el CEKAM trabajamos muchos aspectos de de las funciones psicológicas. Y las trabajamos en dos sentidos: desarrollarlas como capacidades psicológicas de los componentes del grupo y estudiarlas como universalidades. Una de las funciones psicológicas menos estudiadas es la representación. Y para el desarrollo de las capacidad de representación trabajamos con mucha atención la formulación del juicio.
    En el texto que nos presenta David Galán la historia la cuenta uno de los personajes. Se nos presenta en relaciones sociales con trabajadores manuales de aparente poca formación cultural y en calidad de trabajador manual en agricultura. Llama la atención la riqueza léxica y la buena sintaxis en la narración.

    Si pienso en el personaje narrador no me lo imagino pensando: «Yo me los represento ahora emergiendo…» Me lo represento pensando : «Yo me los imagino…» «Ahora pienso en ellos…»

    Saludos.
    J.A. Vizcaino

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  2. No tengo nada que decir a cómo está redactado el texto, David. Creo que la capacidad de síntesis a la hora de expresar algo es muy importante y tu relato la tiene.
    Yo, para mi gusto como lector, añadiría algunas frases más metafóricas, que enriquecerían el contenido. Hablo de no ser tan literal o realista. Pero es una cuestión de gusto personal.
    En todo caso, está muy bien, mantiene la atención hasta el final.
    SALUDOS
    JOSÉ ARTILES

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