Nuestros rostros traspuestos por el tedio y empurriados sobre los cuadernillos se levantaron cuando tocaron en la puerta. El torpe silabeo del que leía en alto se detuvo. Todos miramos al maestro, expectantes.
—Pase —dijo secamente a la ciega madera.
La hoja se abrió y la alta y desgarbada figura del director se plantó delante del umbral. Tras ella y una jamba se entreveraba, casi oculta, otra figura que apenas le rebasaba la cintura. Debía ser la «nueva».
—Entra, muchacha, no te quedes ahí —le apremió el director y luego dirigiéndose al tutor— Llevo prisa, Luis, el inspector está abajo y tenemos que atender a la familia de Sebastián Carrizo ¡Menudo percal! —le hizo una mueca de fastidio y salió sin despedirse.
La «nueva» que se había quedado frente al encerado, expuesta por entero a nuestras miradas inquisitorias, era una muchacha de baja estatura para sus once años, complexión casi atlética y piel blanca. Una trenza compacta le caía por la espalda y le ajustaba el cabello rubio haciéndole una crencha en zigzag. En sus mejillas, palpitaban dos rosetas apenas sofocadas por el fulgor de unos ojos celestes en los que parecía reflejarse una indómita lejanía marina. Llevaba una blusa de gasa que resbalaba por su talle, todavía inmaduro, y bajo las orillas de su vaquero desgastado se asomaban unas zapatillas de rojo chillón. Nos ofendía su estética de ciudad: en ella, tal vez barruntábamos los límites de nuestra mentalidad pueblerina.
En el breve impasse, la «nueva» nos encaraba con cierto coraje, frunciendo los labios y retorciendo el dobladillo de su blusa sin percatarse de que lo hacía. Parecía nerviosa.
—¡Quintana! ¡Carrizo! ¡Espabilen! Sean caballeros y pongan por aquí una silla y un pupitre para la compañera. Dios les dé una novia por ello — espoleó don Luis de repente a dos rapaditos, los «brayan», resucitándose del quehacer burocrático al que lo obligaban los desordenados papeles de su mesa —Y tú muchacha, anda, preséntate ya.
La «nueva» le lanzó una mirada escrutadora, como sopesando la situación antes de pronunciarse. Se le notaba desacostumbrada al aire marcial, deliberadamente histriónico, con el que don Luis, maestro a la vieja usanza, pretendía el control de nuestras voluntades. Algunas risas chispearon en mitad del embarazoso silencio.
—¡A callar! —exhortó el buen hombre y luego, más plácido —venga, muchacha, preséntate, dinos al menos tu nombre.
—Sofía… —-resolló —- Sofía Vergara.
Algunos, haciéndose los sordos, quisieron entender vegana y cuchichearon con la palabra hasta que la algarabía estalló. Los únicos que no se destemplaron fueron Quintana y Carrizo que, como obsequiosos caballeros, portaban en volandas la silla y el pupitre de la recién llegada pese a que el jaleo hacía peligrar la encomienda. Una inmediata lluvia de amenazas quiso aplacar el incendio. Entonces la «nueva» en un inesperado arranque de orgullo, con el rostro endurecido y sin perder la compostura agradeció el servicio a sus dos compañeros antes de tomar el asiento. El gesto me dejó perplejo. Era la primera vez que contemplaba la dignidad de quien gravita por encima de la inevitable estulticia humana.
Aquel hecho no iba a quedar aislado. En pocos días, la vegana demostraría unas inusuales dotes de liderazgo; y paulatinamente acabaríamos en sus manos.
Primero, nos sorprendió a los muchachos, con su reducido talle y con sus ágiles movimientos que parecían harto ensayados, compitiendo denodadamente en cualquier asunto deportivo ínfimo, como si el hoy careciera de mañana.
—¡Es buenísima corriendo! —admitía desalentado y en privado Carrizo, que no era un mindundi: estaba federado en atletismo y todos le admirábamos.
Y no sólo en carrera: también al fútbol; y a la baraja: en pocos lances la «nueva» te pelaba para siempre aquellas cartas donde se exhibían los superhéroe o los futbolista más codiciados.
Nos humillaba aquella impredecible aberración de la naturaleza.
Al principio, las chicas de la clase se hicieron las indiferentes a esta novedad; luego, más pronto que tarde, empezaron a soltar sus zahirientes andanadas con las que escarnecer nuestro orgullo machuno y con las que azuzar a la «nueva» (especialmente en las competiciones) que sin pretenderlo ya se había convertido en la representante femenina de una ignota fuerza colectiva que se reivindicaba, que convulsionaba e invertía el prefijado estado de cosas: un raro espécimen revolucionario; la mismísima encarnación de la voluntad de la mujer tumbando prejuicios de los que tendríamos que despojarnos en nuestra vida adulta si queríamos sobrevivir frente a ellas.
En cuanto a mí, aún era pronto: yo, por cobardía, me avenía al escarnio público, a la vez que le profesaba una íntima admiración. «Los sentimientos más profundos, los que nos transforman, se bosquejan de a poco, no se perfilan de golpe» comprendería más tarde.
Las chicas tampoco se libraron de la influencia revolucionaria que se desprendía de la imprevisible forastera. Las adelantaba a todas académicamente, cosa inédita hasta la fecha, pues las mentes organizadas y disciplinadas de las chicas sobrepasaban las nuestras, más simples y rudas. Con la «nueva» quedaba en entredicho el reinado femenino: no solo se había ganado sus notas a la manera de las demás, meras reproductoras de un saber petrificado, sino también por otros medios, más racionales.
—Es de noche y nos encontramos en un descampado —nos ponía en antecedentes don Luis —y de repente frente a nosotros desciende del cielo estrellado una enorme nave espacial —la veíamos —Aterriza y se abre una compuerta de la que sale un ser de baja estatura, piel verde, peludo, con una cabeza en forma de pera, dos antenas, cinco ojos, tres brazos y una pierna. Quiere comunicarse gruñendo —paladeaba los detalles —Es algo verdaderamente horripilante ¿Qué es ese ser: un animal o un humano?
«Un animal» consensuaron en piña las chicas más aventajadas, previendo inminente la voz discordante de la «nueva».
—Un humano —afirmó ella rotunda.
—¿Y por qué? Demuéstralo —le instó don Luis, seguramente con la emoción contenida del que solo concibe el intelecto como una destilación espiritual de todo lo que es el hombre.
—Ese ser parece un animal, pero es un ser humano porque piensa. Y piensa porque de no ser así no podría construir, ni tripular una nave que viaja a otros planetas.
Las chicas se miraron desconcertadas. Frente a la clarividencia de la «nueva» no alcanzaban más que para celarla. Era la inevitable mezquindad. No podían soportar esa inteligencia rebelde que las afrentaba y les ponía delante un potencial no explorado por ellas mismas. Las más cortas tildaron a la «nueva» de marimacho: todo valía ya para rebajar la distancia intolerable. Pero sería en vano: nosotros, la cuadrilla machuna, esperábamos el momento propicio con el que asegurar el liderazgo de la «nueva» sobre las demás y así, cuando se celebraron las elecciones a la delegación de clase, apoyamos, en bloque y a despecho, a nuestra despreciada candidata. Fue la sutil venganza a las pullas femeninas de principio de curso. La forastera se convirtió en la moneda de cambio con la que perpetrábamos venganzas mutuas, con la que resolvíamos enquistadas rencillas.
Todo aconteció en el último año de primaria y todo había sido removido; principalmente en mí.
En la fiesta de fin de curso estábamos en el aula: los chicos, a lo suyo, arriesgando con sus naipes decisorios sus ídolos fantásticos o futboleros. Yo extrañamente no me podía unir a esas distracciones que, ahora defenestradas por la absorbente fuerza de Sofía, no me salvaban de lo que, más tarde comprendí, era un incipiente enamoramiento; las chicas, también en lo suyo, bailaban desplegando sus coreografías de Tik-Tok; Sofía participaba colocándose en las filas traseras, discretamente mimetizada. Yo la observaba. Entonces percatándose de mí y sin previo aviso se desprendió del grupo danzante, como una hoja liberada de la espesura, para tomarme de la mano y sacarme a bailar. Sabía de mis sentimientos desde hacía tiempo, sabía cuál era la pieza que debía mover, sabía jugar también en otros terrenos.
—¿Ya te han dicho a qué instituto irás? —me preguntó; y sentí la cercanía de su aliento en mi oído: la música estentórea socavaba las palabras hasta lo inaudible.
—Sí, al de la parte baja del pueblo, ¿Y tú? —inquirí descorazonado por un presentimiento.
—Al de arriba —e hizo un quiebro para escapar de mis brazos.
La respuesta me atravesó. Era el fin. En mi semblante, de repente abatido, quedaron al descubierto mis sentimientos inconfesados. Su mirada celeste me cubría de vergüenza, y en la expresión de su pálido rostro había (hoy lo creo) un fondo de conmiseración hacia mí; como un adiós lleno de inabarcable ternura hacia algo hermoso que yo le ofrecía inconscientemente pero a lo que debía renunciar para seguir su camino; diferente, duro, incomprensible. Se sabía con ventaja, con la madurez suficiente para cerrar una despedida conmigo.
—-¿No te veré más, Sofía? —se me quebraba la voz adivinando lo inútil de la pregunta.
Entonces alcancé a oír, en un tono confidente, lo que parecía una premonición:
—Cuando nos encontremos no podrás verme. Yo a ti, sí.
Y se alejó. No pude entender.
Algunos años después, yo entraba al pabellón deportivo municipal. Andaba ocupado en fortalecer mi cuerpo que había desbaratado ganando masa superflua. Un chico rubio de brazos nervudos y tatuados salía en ese momento de las instalaciones. Iba de la mano de una chica y yo andaba soltero. «Estos gestos ostentosos de amor no me gustan un carajo», pensé. Entonces, cuando la pareja se cruzó a mi altura, oí mi nombre en la voz de él, desde atrás. Me volví. Un rostro de facciones angulosas y sienes rapadas me prodigaba una sonrisa vagamente familiar. Sus gafas de sol me impedían reconocerle. Se acercó y la chica quedó atrás, en discreta espera. Jaló de una patilla para descorrer el negro velo acristalado. Un azul indómito me contemplaba con emoción.
Efectivamente nunca volví a ver a Sofía: ahora se hacía llamar Saúl Vergara.
David Galán Parro
20 de agosto de 2022