Tierra adentro, en un pueblo remoto, una joven concibe a una niña en la más absoluta soledad. «La niña será asunto mío», insiste. Su empecinamiento afrenta. Los lugareños repudian su condición de madre soltera; pero la naturaleza puja contra la infamia y los prejuicios.
Durante años, la joven trabaja de empleada en una panadería y cría a la hija en un entorno hostil. Su entrega maternal va a derribar paulatinamente y sin proponérselo los mezquinos muros del juicio local. El pueblo tendrá que asimilar a la inédita familia mutilada que espejea develando la miseria de los murmuradores. Pero la joven no se acomoda en su situación propicia. Monta una repostería con unos pocos ahorros, en la que, entre otras cosas, elabora y vende dulces hechos de miel, ingrediente principal y barato aportado por la apicultura de la zona. La hija observa y aprende admirada el oficio de la madre, su dedicación y buen hacer, su determinación inquebrantable.
El pueblo crece; arriban a él más gentes, forasteros que se enraízan y la dulcería se hace con una extensa clientela habitual que permite a la madre un excedente usado frugalmente para la comida, la ropa y el entretenimiento del binomio familiar.
De repente, la crisis. Los ingresos de los habitantes caen. Familias enteras deseperadas están al borde de la miseria. La repostera sin embargo se mantiene en mitad de la penuria con exiguas ventas y con el remanente de tiempos más prósperos. Pero ya no caben las medias tintas: tiene que emplear el beneficio de años de trabajo a rescatar a cualquier vecino que lo necesite. Muchos, lenguas chismosas antes contra ella, encuentran el amparo y el alivio en la modesta repostera. En mitad de la vorágine destructora de la crisis, la hija también observa y aprende, pero ahora el dechado de la madre es otro, de inconmensurable y único valor: el perdón hacia los demás, la fuerza para sobreponerse por encima del destructivo juicio ajeno, del dolor que por ignorancia el prójimo nos procura.
Ya amaina la tormenta, se acercan los días claros, y como recuerdo inútil las penurias del comer; y al fin el trasiego de los días laborales concierne a todos. A los ojos de su hija, la madre soltera no hace gala de su altura humana, no recrimina a nadie, no exige compensación, ni falta que hace; le urgen otras cosas: la renovación de su oferta, la excelencia de su producto, y por encima de todo supervisar los estudios de su hija, ahora adolescente, para rematar su educación.
Pero la naturaleza que te da pujanza también te embrida. Ella elige. Un cáncer pone horizonte a los proyectos de la madre, detiene su determinación sin precedente en el pueblo. Son meses de incertidumbre, de sufrimiento que culminan en el remanso de paz que supone la muerte para el cuerpo estragado por la metástasis inexorable. Ahora hay dolor y alivio en la hija que no duda en ponerse al frente de la dulcería, encarnando una extensión rediviva de la férrea determinación de la difunta. Del árbol caído ha retoñado otro aún más inquebrantable. Una placa en mitad de la plaza rememorará, más pronto que tarde, el ejemplo ético de la vecina, antaño repudiada.
Esta historia la han acompañado a través de los años, los ojos etílicos, la lengua enmudecida, el corazón esquivo de un hombre que, por su terror a la vida, habita en el pueblo apartado en oscura soledad. Todos lo saben. También la nueva repostera que no ha dejado en todo este tiempo de considerar al silencioso observador.
Un día, un presentador con su reality show de alcance nacional, visita el pueblo. Quiere promocionar la cultura de los lugares de interior que se vacían irremediablemente; quiere la supervivencia de la población mermada por la pobreza, olvidada por las autoridades centrales. Se prepara un plató al aire libre, se habilitan unas sillas y una pantalla de cine en mitad de la plaza para el visionado del reportaje en el que algunos singulares personajes del pueblo aparecen haciendo gala de su natural gracia y espontaneidad. Entonces llega la historia de las dos reposteras quebrando por completo el tono cómico del programa; sobrecoge y traspasa, ocupando un amplio tiempo en antena. Es una pequeña muestra de los pequeños actos heroicos que apenas trascienden pero que nos reconcilian con la naturaleza del ser humano, a veces tan vilipendiada, pero tan infinita y poderosa.
Casi al final, el presentador pregunta a la hija qué ha sido de ese observador mudo que como un fantasma ronda en el pueblo. «Nada», le contesta «Le saludo cuando lo veo en la calle. Nunca oí de mi madre una mala palabra hacia él». El presentador queda desconcertado; la respuesta se le antoja incompleta como un hilo que demora su madeja. En un grosero arrebato de afectada emoción interpela a los presentes y convida de entre el público a que haga visible su presencia, el escondido, el cobarde. Acontece un silencio insultado por la música de fondo que burdamente pretende avivar la tensa intriga del momento. Las cámaras se lanzan entre la audiencia del plató como perros, hacia los rostros curtidos que están en las sillas, ansiando el ademán que revele al oculto. Los presentes saben quién es y callados, lo culpan. Los espectadores a cientos de kilómetros arrellanados frente a sus televisores y el presentador morirían por saberlo y también lo culpan. Es el veredicto ancestral; la quema perpetua en la plaza, ahora la nación entera, de un prófugo que no quiere o no puede levantarse para ser estaqueado por la luz recriminatoria de las cámaras de televisión.
Pero hace rato que la hija sonríe abstraída, elevándose sobre su silla, sobrevolando a sus convecinos, mirándolos compasivamente. Ha ganado la partida tal como le enseñó, o cómo acaso aún le susurra en sus noches de insomnio, la madre: «Hija, perdónalos, porque no saben lo que hacen» Y así, todos quedan en ella íntimamente redimidos de sus actos pasados de desprecio, de su velado y atroz sentimiento de venganza, de su anhelo culpabilizador de ahora; todos sin excepción: los presentes en la plaza, los espectadores frente a sus televisores, el presentador, y también, pero de su flagelante sentimiento de vergüenza, el hombre que, en el extremo opuesto al de su madre y por miedo a la vida, no quiso o no pudo ser padre.
25 de julio de 2022
David Galán Parro