Eran casi tangibles las incorpóreas formas en la borrosa neblina con la que su historia de ficción lo envolvía. Inmerso en ella, buscaba e hilvanaba las palabras certeras que iban fraguando el discurso del relato incipiente, cuando escuchó en la planta inferior de la casa, el quejido metálico de la puerta de entrada anunciando el regreso de ambos tras su voluntariosa andadura nocturna.
—¡Querido, estamos aquí! —se oyó una estentórea voz femenina trepando por el patio de luz.
—Sí.
—Hemos llegado —Era obvio como un epíteto.—Te he traído pan para que cenes, hijito de mis entrañas —La coletilla le apuñalaba: tenía cuarenta y cinco años.
—Gracias, mamá.
—¿Vas a cenar ya? ¿Quieres que te prepare la cena?
—No, mamá, todavía no.
—¿Y por qué no? No has comido nada desde el almuerzo.
—Me comí una manzana, mamá.
—¡Eso! ¡Al por mayor! —lo aguijoneó irónica.
—Sí, mamá. No tenía hambre.
La voz se apagó y quedó un tenso silencio levemente rasgado por el viento ululante que hacía temblar los ventanales. Desde la desocupada mente de su progenitora, el mismísimo demonio planeaba el próximo contraataque. O no. Tal vez hubiera una remota posibilidad de recuperar la realidad novelada que se le escabullía a cada ramalazo de atención materna. Pero era una tregua…
—Han pasado seis horas. No puedes estar tanto tiempo sin comer. Te va a dar una hipoglucemia —-La buena mujer era enfermera jubilada y la profesión dejaba sus rastros para tormento del hijo.
—Ya, mamá. Pero no puedo ahora abandonar el relato.
—¿Y por qué no?
—Porque no, mamá.
—Querido, con el estómago vacío la cabeza no produce —sentenció en un sutil tono triunfante.
Claudicó. Estaba agotado para afrontar aquella lucha. Siempre le pasaba: cuando dejaba de escribir de improviso se desinflaba estrepitosamente.
—Anda, baja… No puedes estar así, sin comer. Cena con tus padres —-. ¿Con tus padres? ¿Pero por qué demonios no podía decir «con nosotros»?
—Sí, mamá, ya voy…
Mientras bajaba acudieron a su mente aquellas palabras de Walter Benjamin: «Mientras estés trabajando, intenta sustraerte a la medianía de la cotidianidad. Una quietud a medias, acompañada de ruidos triviales, degrada». Pero el tal Benjamin viviría en otro planeta dentro de una cápsula hermética flotando en líquido amniótico y desde la que lanzaría en críptico lenguaje aquellas perlas mientras se acariciaba la culebrilla. O eso, o no tendría madre.
De repente, un grito lo arrancó de su diatriba con Benjamin:
—Pero… ¿qué es esto, Diooos míiiiooo?
Recordó de golpe los pormenores de la hora previa, obviados por su ciego empeño artístico e ignorados por la madre antes ausente. Tendría que improvisar algo mientras se apresuraba hacia el encuentro indeseado. Sobre la encimera de jaspe negro, al lado del hueco del fregadero, brillaba un montoncito de polvo blanco. Una oronda mujer de enmarañado pelo corto, de flácida complexión, vestida con una raída camisa de andar por casa que no alcanzaba a cubrir sus piernas varicosas, le inquiría:
—¿Quieres explicarme esto, Ángel?
—Es… azúcar de vainilla…
—¿Cómo? —lo interrumpió—. ¿Azúcar de vainilla? ¿Y dónde tienes ese azúcar de vainilla?
—No lo tengo aquí, mamá… Ana Paula me trajo un poco. Ya sabes que ella entiende de repostería…
—¿Ana Paula? ¿Pero Ana Paula y tú no…? ¿Desde cuándo Ana Paula se pasa por aquí? ¿No decías que no querías ni oír hablar de ella? ¿No te habrás reconciliado con esa buscona? ¿No? ¡Por el amor de Dios, Ángel! ¡Esa mujer nunca te hizo bien, no te podía entender, no tiene cultura…!
—No, mamá… Ya no hay nada.
—Entonces, ¿Para qué metes a esa por aquí?
—Solo le pedí consejo. Quería daros una sorpresa preparándoos un postre…
—¿Un postre? ¿Cómo un postre?
—Un postre por vuestro aniversario de bodas…
—¿Cómo? Pero… ¿me tomas por tonta? ¿Oíste, Paco, lo que dice tu hijo? —-. Ahora no era de sus interioridades. En el oscuro salón contiguo, los intermitentes destellos disparados por la pantalla del televisor mordían la espesa penumbra dejando entrever una figura esparrancada en el mullido sofá. Esta no se inmutó. Como buena veterana, sabía guarecerse, bajo la estridencia de gritos y explosiones de la película de guerra, de la guerra más cercana y doméstica que sí le concernía—-. Pero si ya no te fríes ni un huevo desde que estas enfrascado en tus cuentos y tus cosas… ¿A quién tratas de engañar? ¡Dime la verdad!
—A ver, mamá, era una sorpresa. Lo siento si no he sabido ocultarla.
—Claro que no has sabido ocultarla. Y tampoco has conseguido engañarme ¿Te crees que no me he dado cuenta?
—¿De qué?
—De lo de esos polvos. Te vas a matar con ellos, Ángel ¡No los tomes, por favor, hijo mío! —-exclamó de repente ahogada en un histriónico acento dramático.
—Pero ¿por qué? No pasa nada…
—¡Te vas a destrozar los riñones tomándolos! ¡Son un exceso de proteínas!… ¡y de azúcar! Ya me he informado con Fátima, mi antigua compañera…
—No pasa nada, mamá, si se toman con moderación…
—¿Pero por qué los sigues tomando, hijo mío? —Y volviendo a su tono reprobatorio—: ¿No habrás vuelto al gimnasio? Ahora no te lo puedes permitir, lo sabes bien…, ¡y nosotros no te lo vamos a pagar!
—Lo sé, mamá.
—Dime, es Roberto el que te los aconseja, ¿verdad? No los tomes, Ángel, por el amor de Dios. Estoy muy preocupada. Roberto es solo un negociante que lleva el gimnasio y vende esas porquerías para lucrarse ¿Qué se puede esperar de un hombre que derrocha su dinero en tatuarse todo el cuerpo? No es un profesional de la dietética. No sabe de estas cosas ¡Te vas a destrozar la salud! Fátima ha visto a muchos chicos hospitalizados que abusaron de esas sustancias ¡Hazme caso, por favor, hijo mío! ¡Vas a acabar muy mal!
—Mamá, no me pasará nada, de verdad,…
—Tira el bote, por favor te lo suplico. Sé dónde lo tienes. Lo he visto en tu armario, entre las mantas viejas…Tíralo, por favor, …¡Me harías taaaan feliz! —Y se llevó las manos al rostro plañidero hundiendo la barbilla en el abultado pecho fofo. Parecía muy derrumbada.
—Vale, mamá, lo tiraré. O mejor: se lo daré a Roberto. Él encontrará a algún otro cliente que lo consuma. No te preocupes. No pasa nada.
Ángel se acercó a la encimera a retirar los restos. Entonces la buena mujer, como para congraciarse con él, como premio a su renuncia definitiva, a su concesión amorosa, se le adelantó expedita y obsequiosa en la intención. El hijo tampoco alcanzó a evitar el fugaz gesto de ingenua curiosidad de la madre que, chupando la yema de uno de sus dedos, adhirió una ínfima pero suficiente muestra para probarla con la punta de la lengua. Primero, un sabor intensamente amargo cruzó su paladar; luego vino el hormigueo en la punta; luego, el adormecimiento repentino de la lengua entera; finalmente la boca abierta, como si ardiera en ella una papa caliente, a la vez que el ceño fruncido y bajo él, la mirada de extrañeza, de horror, de rabia incriminatoria clavándose en el hijo.
Dicen que Robert Louis Stevenson parió su extraordinaria novela El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde bajo los efectos de aquella sustancia psicotrópica.
Y Stevenson, que algo sabría del arte literario, no era un cualquiera.
David Galán Parro
02 de abril de 2022
[…] (NOTA: Este artículo hace referencia al cuento Stevenson, el culpable) […]
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