A veinte metros

a Santiago Cadavid Medina

1

Cuando divisaron en la oscuridad profunda el intermitente punto luminoso bajo el cual se insinuaba la franja de costa, la esperanza de vivir resucitó en el ánimo compartido de los veinte que eran, y con ella, también, las fuerzas con las que achicaban el agua, con las que maniobraban por turnos el fuera borda. Aunque ahora, estas labores se ejecutaban, como en un eco desvaído y sonámbulo de la determinación insensata con la que se habían entregado al mar, tres días antes, desde la playa africana, a espaldas de la vigilancia local. Y no podían hacerlas de otra manera, puesto que a falta de víveres y con la carga de las ropas superpuestas que les protegían del frío, sólo la ilusión febril de la supervivencia podía galvanizar sus miembros entumecidos y exhaustos.

Las tinieblas de la noche caían a plomo sobre una tersa calma líquida cortada por el obcecado cabeceo de la quilla; el punto expectante al que apuntaba jalaba de ellos menguando la lejanía y, a la vez, el desespero. El mar y el tiempo se hermanaban para serles propicios. El patrón calculó entonces hora y media a lo sumo para alcanzar la playa del pueblo donde podrían internarse sin ser vistos por los lugareños aprovechando la falta de luz previa al alba.

2

Pablo se despertó con la claridad asomando a su ventana y se quedó sentado, somnoliento, al borde de la cama deshecha. Llevaba unos meses durmiendo solo tras la decisión irrevocable de su mujer de abandonarlo. Salir del sueño era un precipitado y doloroso recordatorio de su nueva realidad, de manera que permanecía unos minutos de aquella guisa reuniendo fuerzas para acometer los quehaceres diarios más elementales. Tenía que espabilarse. Se estaba acostumbrando a apurar el tiempo y a postergar su salida al trabajo, hasta el punto que había comenzado a aflorar en él, como mala hierba, la impuntualidad. El director del colegio le había amonestado por ello.

Se levantó y fue al baño. El espejo le devolvió un rostro en el que le costaba reconocer al de antaño. Resolvió sus necesidades y después de tomar una ducha fría se dirigió a la cocina donde prendió el televisor para seguir las noticias nacionales. Mientras trajinaba con la vajilla apilada y grasienta de la víspera, escuchaba con la atención dispersa, la narración de un periodista.

3

El patrón ordenó reducir la potencia del motor cuando se aproximaban a la playa de rocas. La avenida que la bordeaba estaba desierta, o al menos no emergía figura humana alguna de los trechos regulares de sombra que separaban cada farola de su contigua; las mortecinas luces naranjas se reflejaban en ígneas escamas sobre el tenue vaivén de las primeras olas. El vecindario, ajeno a la llegada de los visitantes, aún dormía.

A escasos veinte metros del rompiente algo rozó bajo el casco y la  embarcación, que apenas ya era empujada por la inercia de los últimos tirones del motor apagado, se detuvo. La incertidumbre (o el miedo) se apoderó de los hombres conteniendo la iniciativa. Estaban paralizados, aturdidos, en espera de una señal que les insuflara valor, que avivara el inmediato movimiento de desalojo del bote. Pero nadie se movía. Entonces el patrón exhortó a los más jóvenes, tal vez en la creencia de que la urgencia del momento necesitaba del arrojo irreflexivo de ellos, y así, uno de los muchachos, se dejó caer el primero por la borda, confiando en tocar el lecho arenoso y caminar sobre él hasta cubrir la distancia final. Casi de inmediato, sus compañeros más jóvenes lo secundaron en un conato de osadía colectiva, de impaciencia brutal. Los que estaban aún en el bote, comprendieron entonces aterrorizados que aquella última decisión, iba a ser eso, la última, puesto que la inanición y el entumecimiento de los de afuera solo les daba para manotear infructuosamente el agua, convertida ahora en un negro elemento espeso que, ayudado por el peso de las ropas sobrepuestas, succionaba irremediablemente sus transidos cuerpos hacia el fondo. Unos pocos se avinieron al intento suicida de alcanzar el rompiente, otros, los que más, se aferraban en el paroxismo de su horror a la borda del bote, que empezó a escorarse por la fuerza de la desesperación. En un fogonazo atroz en el que el futuro retrocedía para devorar su presente, el instante inminente se anticipó en la conciencia, de repente lúcida, de los de adentro, para hacerles vivir lo que aún faltaba por vivir. El bote varado, volcó y todos sus tripulantes fueron al agua. Se hundían como piedras.

4

A Pablo le gustaban con mermelada de fresa. La mantequilla se le resistía en la superficie tostada del pan. Recordó el consejo de su madre: «Sácala un poco antes de la nevera» Pero siempre se olvidaba y al final tenía que untar con prisa los engorrosos bloques fríos. También se le resistían aquellos grumos de cacao sin disolver que flotaban en la leche de su tazón por más que removiera con la cucharilla. Era como si todo se le complicara a última hora.

El periodista proseguía: «Las últimas informaciones parecen indicar que la embarcación alcanzó la costa a las seis de la mañana, y se cree que pudo arribar al pueblo guiándose por la luz del faro situado a un kilómetro del mismo…»

Masticaba un poco con desgana, con ausencia. No podía entender la decisión de ella. Al fin y al cabo ¿Por qué no era mejor concederle un poco más de tiempo hasta que su sentimiento de padre madurara de forma natural, sin ser forzado? Le pareció de una rigidez extrema el empeño. Además, con sus treinta y siete, había cierto margen, para un embarazo sano y sin contratiempos. No la entendía.

«A esa hora, los gritos de auxilio despertaron a los vecinos de las casas próximas que rápidamente avisaron a los servicios de emergencia… De la observación de los cadáveres se deduce que la mitad podrían pertenecer a jóvenes de entre catorce y dieciocho años…»

Miró hacia el televisor, pero no vio la hilera de cuerpos yacientes sobre los adoquines del paseo marítimo. 

Estaba empezando a cansarse de aquel comportamiento cada día más impertinente de su alumnado ¿Qué hacían las familias por la educación de sus hijos? Cualquiera se hacía padre ahora. Luego vendrían las lamentaciones cuando, como fruto del abandono, los jóvenes descabezados empezaran con sus inequívocos signos de rebeldía improductiva. Y claro, la responsabilidad ¿de quién era finalmente? «De los profesores» dirían.

Se le echaba el tiempo encima. Apuró de un sorbo el fondo del tazón, tomó el abrigo, una bolsa con el refrigerio para aguantar la mañana y el maletín donde guardaba los materiales con los que departiría en sus clases. Salió de la casa.

Afuera, caminó hacia el coche situado en los aparcamientos de la avenida. Iba a entrar en el habitáculo cuando pasaron las medicalizadas. El ruido ensordecedor del helicóptero sobrevolando a baja altura le pareció casi ofensivo en la paz mañanera.

David Galán Parro

21 de febrero de 2022

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