El canario color aurora

El Viejo se levantó esa mañana un poco más tarde de lo normal. Apenas veinte minutos pasadas las siete, pero aún así le extrañó. Siempre se levantaba a las siete de la mañana en punto y no había puesto un despertador desde hacía años. Se quedó unos minutos con la vista perdida en el techo preguntándose si debía seguir durmiendo aprovechando esa inercia holgazana o levantarse de una vez y empezar el día. Finalmente se decidió por lo segundo porque sabía que le sería imposible volver a dormirse.

Sin quitarse el pijama recorrió el corto trayecto de su habitación a la cocina oyendo las maderas del suelo crujir, mientras se decía una vez más que ya era hora de arreglarlo. Se preparó un café negro y abrió una lata de sardinas en conserva. Miró a la despensa y calculó que, a ese ritmo, ya no tendría nada que comer en un mes. Así que no le quedaría más remedio que volver a atravesar el bosque en busca de nuevos poblados donde, con suerte, encontraría víveres que no estuvieran caducados en alguno de los muchos comercios abandonados tras la catástrofe.

Miró por la ventana del salón mientras sorbía el café, agarrando la taza con las dos manos. Su cabaña se encontraba en el centro de una inmensa estepa cubierta de nieve de un radio de unos dos kilómetros. A lo lejos, el bosque de pinos. Más allá del bosque, pueblos sin gente. Cada vez tenía más claro que había sido el único superviviente y la esperanza de encontrar vida se había ido desvaneciendo con el tiempo. A sus años ya apenas había una parte del cuerpo libre de dolor, cada vez dormía menos y la soledad se le había calado tanto entre los huesos que, para evitar perder la cordura, hablaba sólo. Mucho. Sobre todo con una escoba a la que llamaba Teddy. Hacía ya mucho tiempo que no la veía como una escoba, sino como un amigo silencioso que, de vez en cuando, asentía y sonreía.

-Ah, qué ganas tengo de morirme -se dijo mirando al infinito a través de la ventana, que se había empañado levemente con su aliento.

Hacía un frío de mil demonios fuera pero, aún así, salió a sentarse en el porche a terminar de beberse su café, que sabía a moho, pero por lo menos estaba caliente. Afuera, el silencio absoluto de la inmensidad a su alrededor le hacía sentirse aún más solo. Tal era el silencio que de repente creyó haber oído un ligero aleteo en el aire. O quizás una ligerísima ráfaga de viento. Empezó a mirar a un lado y al otro pero no vio nada.

-Voy a terminar volviéndome loco con este maldito silencio -dijo con la boca torcida por la amargura – ¡Menos mal que te tengo a ti amigo mío! ¿Verdad Teddy? -gritó girando la cabeza en dirección a la escoba con una amplia sonrisa.

Cuando volvió a girar la cabeza se quedó atónito. En la barandilla de madera del porche se había posado un canario. Tenía un color verde limón, brillante y uniforme, salvo las terminaciones de las alas, que eran de un color blanco apagado. El Viejo abrió mucho los ojos y la boca sin soltar la taza. «No puede ser, definitivamente me estoy volviendo loco, no es la primera vez que me pasa», pensó. Entonces el canario empezó a piar, dando pequeños saltitos en la barandilla, de izquierda a derecha. «No puede ser», pensó, acercándose muy despacio a la criatura. Cuando estuvo como a un metro, dejó lentamente la taza en el suelo y le acercó su mano. De un salto, el ave se posó en ella y empezó a picotearla, muy suavemente. Le hacía cosquillas y sonrió. «¿Quieres comer amiguito?», le susurró sin poder dejar de sonreír. «¿Pero qué demonios comerá un pajarito?»,pensó con preocupación. «¡Alpiste, claro!, pero no tengo de eso, si apenas tengo para comer yo».

-Espera aquí, no te vayas por favor -le dijo al pajarito mientras lo depositaba suavemente sobre la barandilla.

El Viejo empezó a dar lentas zancadas hacia atrás, con las manos hacia abajo, en posición de ‘no pasa nada’, hasta que chocó con la puerta. La cruzó muy lentamente sin perder de vista a su nuevo amigo, que parecía mirarlo expectante, y corrió hacia la despensa lo más rápido que sus oxidadas rodillas le permitieron. Cuando llegó, empezó a recorrer sus estanterías con las manos temblorosas: latas de atún, de sardinas, de olivas, de melocotón en almíbar, tomates secos y espinacas, pimientos del piquillo…pero nada de eso parecía ser apropiado para un canario. De repente lo oyó piar desde la barandilla. Levantó la cabeza violentamente, como un resorte, y sonrió.

-¡Ya voy amiguito! -gritó- ¡Te estoy buscando algo de comer!

Siguió palpando las estanterías y, mientras recorría las cajas de galletas, encontró una con pan tostado que había caducado hacía unos meses. «O te salvo o te mato con esto -pensó- pero no tengo otra cosa que ofrecerte». La agarró y se la metió en el bolsillo derecho de su gastada rebeca y empezó a correr de vuelta al porche.

Cuando llegó, vio al pajarito moviendo la cabeza en todas direcciones, dando pequeños saltitos. Sintió entonces una alegría que no había sentido en años. Abrió la caja y sacó una rebanada de pan tostado envuelta en plástico. Se deshizo del plástico y la olió varias veces por delante y por detrás. Puso su lengua en una esquina y permaneció así unos segundos, como intentando detectar si en su sabor podía haber algún elemento mortífero y, tras chasquear la lengua varias veces, decidió que estaba bien. La colocó sobre la mesa y le dio unos pequeños golpes con el puño cerrado. El pajarito empezó a piar con más fuerza.

-Ya voy amiguito, ya casi está.

Recogió con dos dedos las migas que había creado y se las puso en la palma abierta de su mano izquierda.

-Aquí tienes. Espero que no te mate. Yo la he probado y no sabe mal. Seguro que te gustará -empezó a susurrarle delicadamente al canario mientras se acercaba cuidadosamente dirigiendo la palma hacia él. El pajarito no esperó y con unos pocos aleteos se posó en su mano y empezó a picotear compulsivamente. El Viejo aprovechó para acariciarle la cabeza con el dedo índice de su mano derecha.

-Come amiguito, seguro que estás hambriento, no sabes lo que me alegra encontrar a un ser vivo por aquí.

Acto seguido el Viejo empezó a pensar si sería conveniente encerrar al pajarito para evitar que se marchara y, aunque en un principio le pareció algo cruel, se dijo que más cruel era la soledad que durante tantos años le había corroído el alma. Así que se acercó a la mesa mientras el pajarito seguía picoteando en su palma abierta y lo depositó con suavidad en la superficie. Recordó que en el trastero había una pequeña jaula medio oxidada y corrió en su busca.

-Vamos a ser grandes amigos pajarito. Teddy, no te pongas celoso, seremos amigos los tres. Daremos paseos y jugaremos a las cartas. Pero tendrás que tener cuidado con Teddy, pajarito, es un tramposo -.Y empezó a reír en voz alta mientras se dirigía al trastero -. Por cierto, tendré que dejar de llamarte pajarito. Esa no es manera de tratar a un amigo. Tengo que ponerte un nombre. Un buen nombre. Ahora no se me ocurre ninguno pero seguro que… ¿Qué te parece Manuel, como mi padre? Manuel es un nombre muy bonito, ¿No te parece, Teddy?

El Viejo no paraba de hablar entusiasmado en el trastero mientras se tropezaba con cajas y objetos esparcidos en el suelo, con su corazón latiendo rápidamente. Tras unos minutos por fin encontró la jaula debajo de unas sogas con un nudo corredizo. Estaba completamente llena de polvo. La sacudió un poco con la mano y sopló varias veces.

-Te prometo que esto será algo temporal. En cuanto tengamos confianza, te dejaré libre, lo prometo -dijo mientras volvía a paso ligero hacia el porche-. Lo último que quiero es encerrar a un amigo, lo juro, pero, hasta que no sepa si congeniamos, no puedo dejarte libre. Seguro que lo entiendes.

Cuando el Viejo atravesó la puerta del porche, lo único que vio fue el montón de migas sobre la mesa. Se quedó unos segundos absorto en esa imagen, mientras sostenía la jaula y, cuando reaccionó empezó a mirar hacia todos lados gritando “Manuel” con un hilo de voz. Hacía tanto frío que la garganta se le secó rápidamente y empezó a abrasarle las cuerdas vocales. Tosiendo se sentó sobre su desvencijada mecedora y se tapó con su vieja manta de cuadros, abrazando entre sus manos la jaula.

Pasaron las horas y, sobre el bosque, una aurora de verde y amarillo eléctrico empezó a danzar en el cielo mientras el telón de la noche caía pesadamente sobre los árboles. Así permaneció varios días, pero Manuel nunca volvió. El cuerpo del Viejo empezó a cubrirse lentamente de nieve que se convirtió en hielo; un hielo que, con los años, terminó sepultando la pequeña cabaña. El Viejo jamás soltó la jaula.

Marcos Hernández Bolaños

Deja un comentario