Un alegre descenso a los infiernos

a Carlos Evaristo Fernándes Camara Leal

1

En torno a la pequeña plaza se aglomeraban las casas terreras con sus fachadas enjalbegadas como único vestigio de un laborioso pasado marinero. Estas, más una parroquia, un colegio y unos pocos comercios al por menor constituían el barrio chato y pobre al que me destinaban como maestro en ciernes, en aquella isla de baldíos de roca volcánica. La lógica era bien simple: a calificaciones bajas, lugares alejados e indómitos. “¡Allá te las compongas, amigo!”, dirían los burócratas de sillón caliente que violentaban mi nulo espíritu aventurero. Agarré los escasos ahorros que tenía, mi modesto coche y monté en el barco. Ya allí, me agencié un pisito de alquiler, barato pero cómodo, resignado a sufrir mi destierro.

En una de las primeras clases, en las que el instinto infantil  se me figuraba más afinado que el de un depredador, tuve, por congratularme, la estúpida ocurrencia de prometer a puerta cerrada al grupo más perseverante de clase (perseverante en no sentar cabeza) que si estudiaban como les exigiría a lo largo del curso, se ganarían un viaje en mi coche particular. Conmigo al volante, claro. Aquella propuesta transgresora suscitó un inmediato jolgorio. Una piñata preñada pendiendo vacilante sobre sus cabezas les era menos suculenta. Yo confiaba mezquinamente en que el olvido, con ayuda del basto saber petrificado que les iba a suministrar, operaría a favor mío en sus todavía blandas memorias; así como también confiaba en esa injusto destino que no mezcla el mundo almibarado de la clase media con el ácido mundo sin oportunidades de los más necesitados (con los cuales me aterraba convivir) y según el cual aquellos rudos chavales estaban predestinados al irremediable suspenso. Así que cerré el trato, despreocupado. 

La cosa, sin embargo, no iba a seguir su natural decurso. No dispuestos a perder en el desafío, se afanaron a lo largo de los meses posteriores, en complacerme con unas mínimas, pero aceptables notas, remontando poco a poco, descarriándose por el buen camino. Ya arañaban el premio, ya la mera idea del viaje en mi coche les espoleaba, y aunque como ya dije, el auto era bien modesto, no importaba: a sus ojos se les antojaba, algo así, como el Rocinante del automovilismo. Más aún: no satisfechos con imaginar el caballo gestado, imaginaban su gestación. Y así, sintiéndose ya casi propietarios del vehículo se enzarzaban, como si no quedara vida, en discutir sobre qué pertinentes accesorios lo harían más aerodinámico, más estable, más adherente al asfalto y también más estético si se le estampaba algún que otro flamante adhesivo en su maltrecha carrocería. “La suerte esta echada”pensé.

Finalizaba el curso y yo no comentaba el tema. A favor mío tenía la ausencia total de comunicación con las familias, pues el asunto académico de sus hijos era eso, asunto de sus hijos. De modo que todavía (pensaba) estaba a salvo del humillante desenlace. Nuevamente me equivoqué: el boletín con las sucintas calificaciones confirmaba el evidente progreso, incluso más allá del sobrio aprobado. Se frotaban las manos, me miraban diabólicamente de reojo, me hacían guiños de camaradería, bisbiseaban conteniendo su excitación feroz…

2

Los días apuraban junio. El sol pegaba fuerte sobre el barrio. Las clases habían concluido y el alboroto de los escolares había desaparecido dispersándose por las entrañas del barrio. Los profesores respirábamos aliviados en la paz mañanera que invitaba a ganar el sueldo más con el solaz cafecito que con las grises labores burocráticas de cierre. En una de esas mañanas, uno de los chavales se coló a hurtadillas en el centro y dando conmigo aparte me recordó mi desafortunada promesa. “Profe, lo esperamos fuera cuando acabe”, cuchicheó entusiasmado y salió. Aunque no tenía opción, debía evitar al menos que el embolado se hiciera público de modo que me retrasé adrede en mis tareas hasta que el colegio quedó casi vacío de posibles testigos. Y digo “casi” porque el bedel no dejó de cumplir con celo su cometido de ser el último cristiano allí. Entonces me acordé que había una puerta trasera oculta por el ramaje en una tapia del jardín. Traté de escapar por ella pero estaba cerrada. Haciendo acopio de fuerzas me encaminé hacia la salida principal. Apenas los muchachos me divisaron empezaron a vitorear y a silbar enfervorecidos. Estrenaban, descamisados y felices, sus perfilados cortes de pelo al estilo de los idolatrados futbolistas y a falta de tatuajes lucían vulgares calcomanías en pecho, brazos y espalda. Para mi suerte solo el bedel, incrédulo y confuso, presenció el festejo juvenil, que no sabría yo decir si lo era por triunfo, o por verme sin más, ya que a su manera, aquellos cabroncillos me odiaban y me querían a la par. Eran cinco: Juan el Bolinga, Chano Culo Gordo, los hermanos Catona y Pepín. Entre todos promediaban la docena.

Al principio pleitearon acaloradamente sobre quién merecía el preciado asiento del copiloto. Chano Culo Gordo, el más terco, lo ganó. Los perdedores, rezongando, se disponían a entrar cuando se percataron por cómputo que la parte trasera no daría legalmente abasto a no ser que alguno de ellos se ovillara a los pies de otro y quedara así oculto tras un respaldar delantero. Convinieron, no sin discusión antes, que Pepín, el más canijo, resolvería el imprevisto. Pedí por favor, en un intento de recomponer mi autoridad, un razonable silencio para pasar por aquel lance con la mayor dignidad posible. Pero esa petición, lejos de calmar, parecía avivar el pleito. Como perro que persigue su cola, todos se llamaban mutuamente a gritos a la calma. Se estaban impacientando. En mitad del jaleo alguien reclamó música tecno antes de partir y los chavales acoplaron simultáneamente un balanceo corporal a las insistentes pulsaciones en cuanto estas empezaron a martillear los altavoces del auto. Tenía que arrancar ya. Era un vergonzoso espectáculo ante la atónita mirada del bedel. Entonces Chano, con su ojo bizco simulado tras unas gafas asentadas entre carrillos, su peinado gallináceo, su dormilona en el carnoso lóbulo, se volvió hacia mí y dando un golpe en la guantera me espetó en un arrebato: “¡Váaaamonos de maaaaaarcha, profeeee!” Solté el pedal del embrague y salí como alma que persigue el diablo.

3

Lo primero que se me ocurrió para ganar tiempo y pasar desapercibido fue pasearlos por las carreteras más alejadas del barrio, hacia los descampados, pero la idea no terminaba de cuajar por aburrida. Comenzaron a protestar de nuevo. Debía elegir pues: o adentrarme en el centro de la capital o en el barrio en cuestión, situado en la periferia. Opté por lo último: más valía la falta de discreción a ojos de las vecinas, por muy afiladas que fueran sus lenguas, que a ojos de la vigilancia policial, más espléndida en multas.

Me dirigía hacia allí, cuando vislumbré, en lo alto de una cuesta por la que ascendía penosamente, un desolado semáforo en rojo. Al detenerme a su altura, quise echar el freno de mano una vez liberado el de pie, pero de puro atolondrado, hice la maniobra a destiempo y el coche reculó unos metros influido además por el peso inquieto de aquellos animales que celebraban cada una de mis torpezas. “Sáltatelooo, sáltatelooo, sáltatelooo,…”, coreaban a unísono “No seas cagao, profe, a mi padre no le han pillao todavía”, dijo uno de los Catona. Con mi orgullo punzado salí disparado en cuanto cayó el verde. “¡Quemando ruedaaaaa!”, sentenció el otro. Chano se agarraba la panza vibrante ahogado por su risa descontrolada. 

No sabría describir mis sensaciones una vez me interné en el barrio y circulé por él. Quizás la curiosidad, el miedo, acaso la incertidumbre, tan escasa en mi vida acomodada y anodina, y no yo, era lo que me impelía a llevar el coche a través de las calles inciertas como hacia un sueño atroz. Los muchachos saludaban a gritos por las ventanillas abiertas a los familiares, a los amigos, a los desconocidos, a cualquiera que les devolviera una sonrisa o una estupefacta mirada. Daba igual quien fueras, daba igual tu nombre, tu posición, tus padecimientos,… Todo bicho viviente por muy harapiento y famélico que estuviera era digno merecedor de aquella alegría salvaje que se disparaba a ráfagas en forma de burla cruel y risotada. Estaban hermanados, fundidos, como vástagos del mismo sufrido espíritu colectivo que recorría los derruidos rincones del barrio. Para mí era una auténtica inmersión hacia el corazón doliente del mundo “Bájate la falda Manoli que se te ven los huevos…”, y el travestido nos hacía la peineta; “Viva el equipoooo”, y nos sonreían con sus bocas melladas los yonquis; “Luisa, haznos un seis por uno… ”, y la prostituta con su traje ceñido se reviraba como una llamarada dándonos la espalda y mostrándonos su melena de negro azabache cayendo; “¡Andrés, la policía!”, y el camello  se hurgaba nervioso los bolsillos de sus pantalones ajados… Era y seguiría siendo así. Siempre. Carne desarrapada, perseguida, azotada, arrastrada, quemada, en una infructuosa lucha por la supervivencia. Hoy habitando bajo la curtida piel de los de afuera, mañana bajo la piel aún virgen de los de adentro; pero siempre la universal carne inocente  prematuramente cadáver.

Fui dejándolos de a poco por donde me indicaban: al Bolinga, lo recogió  ausente y con la cabeza gacha, el que creo fuera su padre, un hombre flaco y renco que al instante se perdió con el chico por detrás de la cortina de entrada de un bar; los Catona se apearon frente a una casa con ventanas sin acristalar por las que se asomaba su interior oscuro; Pepín, como un gato, se desapareció por una callejuela estrecha sin que nadie respondiera por él; a Chano lo llevé cerca del colegio y cuando iba a salir, me confesó (tal vez no lo hubiera hecho antes con nadie) que me echaría de menos. Lo último que le escuché fue como un gruñido en su intento emocionado de decir adiós. “Los hombres de duro destino no tienen tiempo para el llanto”, se esforzaría en pensar.

No volví a saber de ninguno de ellos en toda mi vida.

David Galán Parro

2 de enero de 2022

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