a Carlos Martín Vega
1
El sonido entrecortado del timbre cogió a Teodoro Beltrán en la ducha. Apresuró el secado usando una de sus toallas acartonadas, y con los pies húmedos y descalzos, atravesó el salón del ático para alcanzar el interfono. A pesar de su certeza, se atrevió a preguntar. Desde el otro lado una enérgica voz femenina le espetó con acritud: “¿Cómo qué quién? ¿Por qué tardas tanto en cogerlo?” Resignado y sin apenas fuerzas pulsó el botón de apertura. De nuevo la vergüenza de sí mismo le embargaba. Entornó la puerta y mientras ella se demoraba en llegar por la escalera a la cuarta planta donde él vivía, se dispuso a vestirse con infructuosa premura dentro del dormitorio: Tenía que recibirla con la puntualidad recíproca que se exigían. Cuando volvió la encontró sentada en el desvencijado sofá observando los abandonados enseres domésticos de alrededor. Intuyó el viejo reproche, ahora tácito, en su rápida evaluación y sintió su casa más oscura y desolada que nunca. “Debí haberlo previsto” pensó.
– Tampoco has resuelto lo del ascensor con los demás propietarios – sentenció y le dirigió una sarcástica mirada.
Era una joven treintañera, de menuda complexión y de larga cabellera rubia. En su afilado rostro se asomaba una dureza de reciente hechura como si albergara tras él un intenso odio largamente contenido que hubiera ajado prematuramente sus facciones. Tenía los labios secos y una tez opacada. Llevaba puesta una cazadora de cuero, algo inusual en su porte de antaño.
– ¿Quieres tomar algo, Laura? ¿Un café solo? – preguntó con un débil y obsequioso tono modulado por el miedo.
– No; cortado. Con sacarina y la leche sin lactosa, por favor.
Había olvidado lo que solía tomar y también otras muchas cosas de ella, especialmente aquellas de las que su memoria selectiva le protegía para allanarle el presente. Entró en la cocina y mientras preparaba el café el recuerdo empañó sus sentidos. Vio entonces a una Laura, estudiante de magisterio en prácticas, en el invierno de su adolescencia, afanándose en complacer las veleidades de la turba de niños inquietos que inundaba el patio del colegio donde él, aún lozano, se desvivía como docente; luego vio, el abrazo en el fortuito reencuentro entre los empellones de una muchedumbre exaltada por las consignas pacifistas; después, su tímida mirada en el café de los domingos donde para seducirla le desplegaba sus vagas disquisiciones políticas; y también, el beso premonitorio en la penumbra del cine; y vio al fin su vestido deslizándose levemente para entregar su plena desnudez, su tersa y blanca piel venerada por las incipientes luces del alba.
Seleccionó de entre el conjunto de tazas que le sobrevivían, dos sin el borde mellado, y en un platito no pudo servir algo mejor que unas pocas galletas reblandecidas. Ya no le quedaba sacarina. Lo dispuso todo en una bandeja y salió al salón. Laura seguía observando el descuidado ámbito que le circundaba.
– El cuadro que nos regaló Ousmane no lo puse ahí. Lo cambiaste de lugar y el sol lo ha decolorado mucho. No elegiste la ubicación adecuada, Teo.
El cuadro, cercado por los grises desconchados que dibujaba la humedad creciente, representaba la lucha incierta de unos pocos inmigrantes africanos en una endeble chalupa. Las retorcidas olas ansiaban voraces sus cuerpos vivientes.
– ¿Le has llamado para ver cómo le va? – preguntó Laura.
– Bueno… sí
-¿Y qué te ha contado?
– Que… por fin encontró trabajo… y es el mejor que ha conseguido… desde su salida de prisión – balbuceó.
– Ya.
Se hizo un tenso y largo silencio en el que Laura sorbió el café hasta apurarlo. Como sumido en un sueño fugaz e intempestivo, Teodoro le apartó la mirada y la dirigió hacia los polvorientos libros que se amarilleaban desatendidos en las estanterías. “Mañana mismo comienzo a leerlos” se prometió en vano.
– Mientes, Teo…- le oyó decir en un lejano susurro lleno de odio enquistado -…mientes de nuevo… mientes una y otra vez… mientes y me aburres…- se lo decía en ráfagas venenosas, como haciendo acopio de fuerzas, como si tironeara de las palabras trayéndolas por un camino enfangado – Ousmane no encontró trabajo… – tomó aire – … ha regresado moribundo a Senegal. Yo le ayudé todo lo que pude, ¡pero tú,… tú que decías ser su mejor amigo…! ¡tú, que sí podías, no le has cogido ni una sola llamada de auxilio…!
– ¡No he podido, Laura, de verdad, créeme, por favor! –
– ¿Qué no has podido? – le interpeló clavándole una mirada de repulsa infernal.
– ¡No… no me lo puedo permitir… económicamente! –
– ¿Qué no puedes permitírtelo? ¿Y en qué has gastado tu gran sueldo de funcionario mediocre? ¿en la manutención de los hijos que nunca tuviste por miedo a ser padre? ¿en tu difunta madre a la que te negabas a visitar por aquello de que “estabas desbordado de trabajo”? ¿en reflotar el ya quebrado negocio de tu hermano? ¿o es que acaso con la ayuda de tu compañera Marta te lo sigues fundiendo de cama en cama, en los mejores hoteles de la ciudad? O eso, o es que has vuelto a las andadas…
– ¡No, Laura, no,…no sigas, por favor te lo pido…! ¡por favor! – alcanzó a decir ahogado en un remedo de voz lastimosa.
Se hizo de nuevo el silencio, pero esta vez lo sintió como un remanso.
– No seguiré. Es evidente que no deseas cambiar – dijo con repentina frialdad y como si lo pensara para sí – Entro a trabajar ahora en el supermercado y llevo prisa. Toma, queda saldada la deuda. No quiero nada de ti. Cuéntalo – y le extendió un sobre azul cerrado y asegurado por una cinta elástica negra. Tembloroso, ensayó en vano una y otra vez el recuento del fajo. Ella esperó y al término salió sin despedirse.
Desde el sofá, Teodoro contempló devastado el desfile de nubes arreboladas que cerraban la tarde; luego, los intermitentes bostezos del tenue encendido urbano anunciando la noche; y así estuvo hasta que la penumbra se levantó por todos los rincones de la casa. Cuando pudo incorporarse descubrió, aprisionada entre sus manos, la taza con el café ya frío. Quiso entonces encender la lámpara de pie que regía la iluminación indirecta del salón, pero no pudo: su tulipa era ya el ataúd de la bombilla.
2
En la soledad de la sala de profesores, Marta, acodada sobre una mesa, sostenía una taza de vaporoso té que, sin premura, soplaba para entibiar. Teodoro entró. En su semblante colgaban todavía los signos de la escabrosa visita del día anterior.
– Chico, ¿y esa cara que traes? ¿andas durmiendo mal? – preguntó despreocupada.
– Ayer vino a casa Laura…
– ¿y?
– … y me pagó el dinero que le presté para que se costeara su carrera de psicología.
– Pero aquello era un préstamo ¿no?
– Bueno…yo no quería que fuera así, pero ella siempre insistió en devolvérmelo.
– Eso sí que es una mujer de palabra – apuntilló con sorna.
– Fue una situación muy embarazosa.
– Ya. Me imagino – dijo en un tono indiferente
Otro silencio. La lejanía del patio de juegos abstraía el animoso griterío infantil que les llegaba como un monótono arrullo.
– Sacó lo nuestro y otras cosas.
– Ya. El problema Teo fue que no sabías lo que andabas haciendo entonces, y yo sí. Tú andabas jugando, pero yo… Acaso crees que me iba a jugar mi matrimonio y mi hijo por unos calentones pasajeros ¿Qué ganaste con decírselo a Laura? Te avisé, pero te dejaste llevar por tu estúpido conflicto moral. Yo estoy liberada y acepto y me adapto a todos los aspectos dolorosos e irracionales de la vida. Por eso yo actué como adulta; tú, como niño, y como tal te has quedado. Ya es hora de que aprendas a vivir, Teo.
3
Un manto de espesas nubes había precipitado la noche sobre la carretera y paría aquel formidable diluvio de unánimes goterones. Volvía a casa. En el coche, las gastadas escobillas bregaban inútilmente con el agua que rodaba por el parabrisas. Conducía en una especie de trance somnoliento donde se confundían realidad y ficción en un abigarrado torbellino de imágenes. Se le aparecía la imagen de Ousmane Al Sidi, su amigo comerciante, víctima de una falsa acusación de tráfico de drogas, que tras salir de prisión malvivía lejos de la familia en los oscuros callejones de la ciudad en la que cayó preso. Le retumbaba la voz solícita de su madre, llena de reproche, una semana antes de su repentina muerte en la residencia. Recordaba el llanto de su hermano, al que siempre tildó de burgués, el día en que cerraba el establecimiento y se despedía de sus fieles empleados. Recordaba sus infames argumentos sobre la inmadurez de Laura para ser madre; se imaginó a otra Laura, ahora encallecida, trajinando las compras en la cinta de su puesto de caja para solventar su deuda,… todo giraba frenético en torno al atroz vórtice culpabilizador. Era preciso huir, desaparecer, o aniquilar su vida presente al menos por un instante…
Al llegar a la ciudad se desvió hacia la calle harto conocida. El lívido alumbrado declinaba hacia el fondo, pero desde la ventanilla de su coche en movimiento podía vislumbrar los contoneos y los procaces trajes emergiendo a su paso entre las sombras de la acera contigua. Se detuvo. Una sinuosa figura apostada en la jamba de una puerta entreabierta de la que emanaban efluvios de mortecina luz magenta se aproximó sin prisas y le susurró:
– Ya andabas tardando, papi.
Entonces Teodoro abrió la guantera y extrajo el sobre azul asegurado por la cinta elástica negra.
David Galán Parro
8 de diciembre de 2021