¡De perdidos al río!

1. El parte de incidencia escolar

Curso: 1989 / 1990. 

Fecha: 20 de noviembre de 1989. 

Hora: 11:45 a.m

Colegio Público Las Amapolas

Lugar: Aula 3 de la 2ª planta del Edificio 1

Alumnos: Ulises Alcántara Báez, Gerardo Manuel Pidal Pérez y Juan Pedro Casaña Oliva. 

Descripción:

Los hechos que dan trámite al siguiente expediente disciplinario se producen durante el tiempo de recreo, bajo la tutela del profesor Eustaquio Menéndez Portillo, en el aula arriba mencionada.

Los alumnos inician un altercado muy violento utilizando parte del material lúdico escolar, concretamente,  dos combinados de cajas de fichas y tableros de ajedrez que se encontraban en uno de los armarios del aula. El altercado provoca varios desperfectos en el mobiliario. Se registran varias hendiduras, algunas de ellas muy profundas, que inhabilitan el encerado; dos grietas en una de las ventana; varias abolladuras  profundas en la superficie de las puertas del armario y en la puerta de entrada al aula. Todavía no se han podido contabilizar los desperfectos en las paredes. Asimismo se registra un desperfecto fuera de las dependencias del centro: una pequeña abolladura en la puerta de una de las casas situadas en la calle Doctor Giraldo. Gracias a la colaboración de su propietaria, se evitan consecuencias mayores.

El altercado se salda también con dos contusiones craneales leves por impacto de las piezas y un ojo amoratado. Dos de los alumnos se acusan de forma ambigua y no podemos determinar quién es el responsable de esta última contusión. 

Los alumnos no manifiestan arrepentimiento por sus acciones. Esto puede considerarse como un elemento agravante a la hora de tomar las medidas disciplinarias que se acuerden en la próxima reunión extraordinaria del claustro.

2. La vecina perjudicada

¡Dios bendito, cómo está la juventud de hoy en día, Pepi! Bueno aunque todavía jóvenes no eran, más bien niños que aprenden rápido las cosas malas de la vida, Pepi, porque ya los niños no son lo que eran, no tienen respeto ninguno, yo estoy asombrá, Pepi,…un escándalo que se tenían pallá arriba en la segunda planta del colegio, y yo no sé que andan haciendo los maestros que se las dan de saber lo que hacen, que los tienen controlados, que eso dice la tutora que le da a mi nietilla Raquel, y  luego la clase es un desconcierto, y dime Pepi si es normal que se les vayan los muchachos de las manos de esa manera ¡qué no puede ser! que tú tenías que ver cómo tiraban las cosas por la ventana, después que le dieron a mi puerta, que mira cómo me la dejaron abollá y gracias que no me cogió saliendo, porque te desgracian, Pepi, que  estos son unos animales, que yo no se qué andan haciendo los padres, que luego son peores que los hijos, y claro así salen los chiquillos… y yo, porque mi hija Mari cogió algo de fundamento dende se dejó con el cabrón endrogadicto aquel que la malmetía, que casi me arruina, y aquí me deja a mi nietilla hasta que vuelve de los invernaderos  por la tarde reventá de trabajar, que si no… Yo, Pepi, al final hice lo que pude para que el jaleo no se fuera de madre, aunque eso no sirve después paná, Pepi, porque mañana te la vuelven a hacer esos demonios de chiquillos y los maestros y los padres como el que oye llover. ¡Que la cosa va de mal en peor, Pepi, y a esta juventud ya no hay quien la arregle!

3. El maestro negligente

«¡Me demoré haciendo fotocopias!» Sí, eso le diré; al fin y al cabo nadie me vio apurando el café en la sala de descanso; sucedió mientras hacía fotocopias… Pero ¿las tengo realmente hechas? Sí, ayer, aunque aún no las he repartido a los alumnos; mañana a primera hora las entrego… Será una buena coartada. Por ahí no me coge… ¡Pero no! La sala de la fotocopiadora linda con el aula… «¿Cómo que no escuchó nada, señor Menéndez?» me dirá «Bueno, señor inspector, pudo ser, aunque no se lo aseguro, que en el momento en que se desató el altercado puse en marcha la fotocopiadora y el ruido que hace la misma me impidiera oír» «¿Y qué estruendo es ese, que dice usted que hace la fotocopiadora que le impide oír, Menéndez, si la fotocopiadora apenas murmura?» insistirá «Perdone, me refería a la máquina multicopista que trabaja con un nivel más alto de ruido» «¿Y por cuánto tiempo, Menéndez, estuvo dale que te pego a la multicopista? Se quedaría sordo ¿no? Y si la multicopista funcionó durante más de veinte minutos ininterrumpidos justo lo que el altercado duró ¿dónde está la cantidad de copias que justifican ese tiempo de funcionamiento, Menéndez?» «Creo que las repartí al día siguiente a los alumnos de mi tutoría» «¿¡Cree, dijo!? ¿A los de su tutoría? Pero… ¿Qué carajo me está contando, Menéndez? Si con esa cantidad puede proveer de ejercicios para un trimestre al colegio en peso» «Sí, las repartí, me acuerdo bien, pero no al día siguiente, sino también en los dos posteriores» Tal vez esto se lo trague, pero tengo que hacer las restantes, antes de mañana, y repartirlas también… ¡Pero no! Los padres protestarán cuando vean a sus hijos atiborrados sin explicación alguna de ejercicios…¡y todo por permitirme un café! «¿Y de verdad que no escuchaba los golpes y los gritos, Menéndez? ¿Dónde estaba usted entonces cuando esos animales empezaron a armarla? ¿A quién trata de engañar, Menéndez? ¿En qué nivel cree que deja el buen hacer y la dedicación del profesorado de este colegio frente a los padres cuando la situación que su negligencia provoca se resuelve con la intervención de una vecina que da la voz de alarma? Le repito: ¿¡Qué carajo me está contando, Menéndez!?”

4. Los niños ejemplares

Es mediodía. Un colegio de pueblo. En su segunda planta y dentro de un aula, tres alumnos casi adolescentes han quedado penalizados sin recreo. En sus pícaros rostros, prematuramente curtidos por una libre vida callejera, no tiene presencia la pesadumbre o el arrepentimiento. Así lo evidencian las jocosas miradas cómplices que se intercambian desde sus pupitres. Bulle el jaleo en ellos. La van a armar. De fondo se percibe el bullicio alegre de los demás escolares que han merecido, por su dócil esfuerzo, el patio y el juego. A intervalos un profesor asoma el ojo por la puerta levemente entornada para constatar que reina la disciplina impuesta por castigo. Pero su celo no le priva de la tentación de alargar el distendido tiempo del cafecito: el imprudente resquicio por el que se colará la pura malicia infantil. De manera que excitados por las mismas tácitas ideas que los confraternan, ya se levantan los muchachos de sus sillas, ya manosean los bajos de las mesas, ya rebuscan en el interior de cualquier cajón o armario, y ya en uno de ellos dan con un par de tableros desgastados de ajedrez y sus fantásticas figuras. Comienza la guerra, pero no aquella, lenta y reflexiva, en la que son deslizadas sobre negro y blanco las piezas, sino otra, procaz y salvaje, en la que, alfiles, caballos, torres, rey y reina, vuelan rebajados en igualdad con los peones, a su utilidad más vulgar, la de ser improvisados proyectiles de madera. Y la cosa ya no se puede parar. Las nobles figuras, ideadas para el elevado ejercicio del pensamiento humano, lo mismo impactan en pizarra, cristal o madera, como en las desprotegidas cabezas de los contendientes que todavía no alcanzan a entender el dicho que con saña ahora practican “¡de perdidos, al río, señores!” Y así, en el paroxismo de esta guerra sin cuartel, entre el fuego cruzado de las piezas voladoras y los improperios, el caballo sale disparado por una de las ventanas, y rebota, con tan mala suerte (o buena, según se mire) en la puerta de una de las casas terreras del otro lado de la calle, quedando la maltratada figura en pie y con sus ciegos ojos mirando hacia la entrada, como ansiando el recibimiento. Sale la vecina en batín, en chanclas y con un moño apelmazado. Mira primero hacia abajo, al pavimento, y ve al caballo pidiendo pasar; luego hacia arriba, y se percata del jaleo, allá en la segunda planta. En lo que tarda en alertar a los responsables del colegio, las figuras van escapando por las ventanas haciendo lluvia sobre la calle.


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Es previsible para ti, lector, la cadena de hechos sin inventiva artística alguna que acontecerá a partir de ahora y que cerrará este relato: discursos moralizantes sobre el comportamiento ejemplar, urgentes reuniones del profesorado escandalizado, partes de incidencia, medidas disciplinarias, informes psicológicos,… Y bien sabes que estos eslabones se confabularían si pudieran para embridar al viento, para amurallar al mar, para dar caza a las nubes, para perder al río lejos de su desembocadura, para doblegar tu más auténtica y primigenia naturaleza humana.

Pero tranquilo, los muchachos cerrarán la historia a su manera,  ajenos a su gris final administrativo, sellando la paz mutua con cigarrillos de labio en labio y naipes de mano en mano, en un escondido rincón del patio mientras entre risas rememoran la divertida hazaña (o la trastada, según se mire) que un día los convirtió en vórtice y que ahora inspiró este breve relato de un escritor diletante.

Y no te mientas, lector, porque tú, como yo, desearías estar con ellos en ese glorioso cierre.

David Galán Parro

21 de noviembre de 2021

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