El perro

En un viejo cobertizo un hombre descansa apoyando una mano en la pared. Con la respiración pesada y la cabeza gacha, observa como las gotas de sudor abandonan su cara para golpear el suelo y confundirse con las gotas de sangre que resbalan del cinto que su otra mano sostiene. Detrás de él un perro cuelga inerte de las vigas del techo. No muy lejos de allí, los ojos de un niño son testigos del castigo, abrazado con rabia a un árbol llora sin que nadie lo sepa.

Más de veinte años separan aquellos azotes de este texto. El animal murió pero cada uno de los golpes que recibió vive en el recuerdo del hombre que también es el niño.

Arnón López Marrero

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